Alerta Por: JP Cifuentes Palma

¿Cuántas veces hemos sentido esa extraña sensación de estar solos, aislados, sin nadie que nos comprenda? Sentir que simplemente somos unos locos cuerdos. En Chile existen cuatro establecimientos que albergan los sueños de las personas que nunca despertaron a la realidad, que han preferido ocultarse o encerrarse en su propio mundo, en el maravilloso mundo interno donde la realidad de la vida es cambiada por la fantasía de los sueños, donde el sufrimiento y el constante ocaso de la vida encuentra un prodigioso remanso. Son los llamados y tan estereotipados hospitales psiquiátricos.

La sociedad tiene una línea clara: Hacer todo lo posible para que los pacientes hospitalizados por discapacidad de causa psíquica vuelvan con sus familias o vivan en un hogar protegido. Así también, pretende centrar sus esfuerzos en entregarles oportunidades laborales y tratamientos adecuados. El resultado de estos esfuerzos se hace palpable al comparar las cifras de hace menos de tres décadas con los índices actuales: En 1990 Chile contaba con tres mil pacientes internados en hospitales psiquiátricos, mientras que hoy el número se ha reducido a un tercio, demostrando que las medidas implementadas son efectivas para la erradicación del fenómeno conocido como “institucionalización”.

Que un alto porcentaje de los pacientes dejen los hospitales para volver a vivir con sus familias impide que los centros de salud terminen por estructurar completamente la vida de los pacientes internados. Aquellos que deben permanecer por largos períodos o de manera definitiva como internos, ven normada su rutina desde que despiertan hasta que se duermen, sin posibilidad de elección o retos que estimulen sus capacidades, causando la pérdida de habilidades e intereses, la desvinculación hacia sus familias y la dilución de su identidad.

Aquellas personas que no cuentan con familia o condiciones para recibirlos fuera de los centros, tienen la opción de acudir a “hogares protegidos”, casas en las que viven junto a otras personas con discapacidades de causa psíquica dadas de alta de los hospitales. En estos espacios están al cuidado de monitores que velan por el cumplimiento de sus tratamientos (dosificación de medicamentos, visitas al médico, etc.), pero sobre todo por estimular la vida de familia.

Pese a todo esto, la reinserción al mundo del cual se han alejado es cruel e incluso grotesca. Fuera de las familias y de los hogares protegidos, los pacientes son víctimas del prejuicio sostenido por quienes se suponen a sí mismos cuerdos, aquellos que no están en un hospital psiquiátrico y que sienten con el derecho de menospreciar y hasta ridiculizar a quienes buscan una oportunidad laboral. ¿Son ellos realmente los locos o quizás sean quienes desde su racionalidad intacta construyen edificios para luego destruirlos, gastan dinero en armas para enfrentar guerras en las que nadie vence, mientras el pueblo continúa en crisis, sumido en los problemas de la Salud y Educación o la delincuencia.

Nunca es tarde para entregar ayuda a quienes lo necesitan y, en el caso puntual de estas personas, ellos requieren de todo lo que esté a nuestro alcance para lograr su rehabilitación. En este sentido, hago eco de las palabras de la Premio Nacional de Literatura Diamela Eltit: “Los locos enamorados del hospital psiquiátrico de Putaendo son una gran metáfora del destino humano: en su miseria, su anonimato, su estado de despojo, deformidad y extravío, siguen siendo sujetos animados por la falta, la ausencia, y por lo mismo protagonistas del deseo, en un marco ruinoso que hace de la falta una fatalidad y del deseo una epopeya: La epopeya humana”.

Creo profundamente en la necesidad de detenernos a mirar el presente para poder recién atisbar el futuro, ese lugar del tiempo que para ellos puede no ser alentador, quizás ni siquiera sean conscientes del presente, pero su humanidad nos conecta ineludiblemente y nos llama a dejar de contribuir en la degradación de este mundo ya colapsado. Una simple actitud es capaz de mover montañas, no las geográficas, sino aquellas ideológicas, que nutren a las sociedades de prejuicios y estereotipos.

 

Sobre el autor: 

Escritor chileno, profesor de lenguaje, columnista en  Revista Pudú, miembro de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (Alciff Chile), agente de cambio en el proyecto medioambiental “Cambia el clima”, columnista en El Quinto Poder, activista ecológico, promotor del subgénero literario de clima ficción (cli fi). Publicó los poemarios “Dile a Jesús que tenemos hambre” (2016), “Dios castiga pero no a palos” (2016), “A oscuras grité tu nombre en el muro de Berlín” (2016), Destrucciones a las 11 AM (2018);  las novelas breves “El Ataud” (2017) y “El último que muera que apague la luz” (2017), la colección de relatos de ciencia ficción “La supervivencia del caos” (2019) y el poemario de ciencia ficción “Sacsayhuamán: El exilio de los Shuk’tars” (2019). <juanpix85@gmail.com> / Sitio web

 

 

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