Aquellas viejas, cebollas y vigentes canciones del reino de la radio AM por: Marietta Miculetta

“¿Cuántas veces nos han dicho riendo tristemente que las esperanzas jóvenes son sueños? Muchos, de luchar están cansados y no creen más en nada de lo bueno de este mundo”, decían Los Iracundos varias décadas atrás en una canción que pervivió lo suficiente como para fijarse al recuerdo húmedo de los domingos de invierno de mi infancia, a esas tardes oscuras con olor a plancha y pasta de zapatos. De fondo, una radio AM o el sonido de un cassette acompañando un té y un pan con palta en ese Chillán de la primera mitad de los años noventa.

Relegados a la categoría inferior de “música cebolla” junto a otros tantos íconos de aquellos verdaderos himnos al amor y el desamor, lograron infiltrar mensajes alineados con corrientes musicales de vocación globalista diferentes a las que predominaron en gran parte de Latinoamérica y Europa por resultar menos conflictivas para los regímenes dictatoriales y las tradiciones morales que pesaron de manera prolongada en la importación de música popular. Quizás también fue un domingo lluvioso, o lo pareció, cuando se comunicó a Chile la vergonzosa prohibición del concierto programado por Iron Maiden en 1992.

El yeyé francés, el español, el rock and roll blanco, la mezcla de todo lo anterior en la nueva ola latinoamericana, además de italianos desgarrándose el alma en su idioma y en el de Cervantes, no solo tuvieron un impacto en la industria musical, también fueron parte de la escasa educación emocional disponible durante varias generaciones, con su consiguiente efecto en la forma de comprender nuestros vínculos. Extensa, mezclada en su cronología y acusada frecuentemente de superficial y carente de compromiso por sectores más politizados e intelectuales de la sociedad y el panorama creativo, la canción ligera, las películas protagonizadas por sus intérpretes y las teleseries nos enseñaban que el amor era dramático por dulce y por tortuoso.

Recuerdo imaginar a Eva María buscando el sol en la playa con su maleta de piel y su bikini de rayas. Una escena que la melodía pegadiza de Fórmula V me permitía apartar por completo del del sufrimiento exagerado de un hablante lírico despojado de su veleidosa amada. Pasó en todas partes: A esta etapa más bien adolescente, tanto en la edad de sus intérpretes como en el tratamiento ingenuo y frívolo de los temas, quedaría cubierta por una pátina de mayor profundidad y dureza, del amor como una herida abierta y sangrante en mitad del corazón. “Me dijiste cuando me alejé que de amor ya no se muere, mas muriendo me marché”, amigo Gianni, I really felt that, porque sí, la vida inexorablemente nos conduce a comprender dolores a los que éramos ajenos cuando nuestra mayor preocupación era preparar la mochila para el día siguiente.

Lo entendieron muy bien las precursoras europeas de este “macro-género” tomando un giro muy diferente a lo que ocurriría en territorios forzadamente más conservadores como el nuestro. Luego de ascendentes carreras desde el filtro naif, se encontraron con la realidad hostil y violenta de la industria discográfica, el alcoholismo, las drogas, matrimonios fallidos y otros factores que se sumaron a un contexto social mucho menos auspicioso que en sus inicios. Fueron nombres como France Gall, Francoise Hardy o la propia Brigitte Bardot quienes permitieron ver en su trabajo y su comportamiento público la desvinculación con ese pasado fantasioso, incorporando shocks de realidad a la música, incursionando en el cine experimental y en la construcción de íconos que serían sinónimos de la emancipación femenina y autodeterminación del cuerpo en los tiempos en que “la pilule”, la píldora anticonceptiva, se volvía legal en Francia.

Aquí, en tanto, nos anclamos en el dolor, admirando los quiebros y requiebros de José José y Raphael, o la forma en que Sandro y Jairo parecían embrujar desde el otro lado del transistor. ¿Y qué tal sumarle una historia personal trágica como la muerte prematura de Nino Bravo o la desaparición de la hija de Albano y Romina Power? Dos tazas, por favor. Curioso es que la música considerada despectivamente “de señora” tuviese un espacio tan amplio para voces masculinas que, en ese paréntesis apoyado por notables bandas de héroes anónimos, podían permitirse lucir melifluos y atormentados sentimientos.

“Éstas sí que eran canciones”, comentaba un colectivero a la pasajera que iba en el asiento del copiloto un día incierto en los meses previos al Covid-19. Sonaba Salvatore Adamo en la radio y siguió su reflexión diciendo: “Lo que me gusta es que ponían a la mujer por allá arriba, como una diosa, no como ahora. Eran canciones que uno podía dedicar porque eran lo que sentíamos y no nos atrevíamos a decirles a las niñas que nos gustaban”. Me dio ternura y una respuesta.

 

¡Un bonus para quienes leyeron hasta aquí! ¿Les suena?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *