Bronceao de pollo asao. Relato escatológico Por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Me bajé del bus a las 5 de la mañana. Venía pegado al asiento, entre sopeado y dormido. Tenía halitosis, artrosis y mañosis después de esas cortas cuatro horas de viaje. Estuve casi un día completo en Chillán y ahora, de vuelta en Temuco, tenía la necesidad de comprarme un agua. Ese fue quizá mi peor error.

Entré a uno de los locales del terminal de buses de Temuco, de esos donde te cobran el doble por todo, y me pillé a las dos personas que atendían. Eran muy jóvenes y rubios, miradores en menos, pero mi actitud y mi pinta de “tengo la suficiente perso para andar con buzo” hizo que me atendieran rapidito. Compré la cosa más inútil del universo de cosas que se pueden comprar: Un agua mineral sin gas.

Mucha gente asocia esta compra al cuiquerío nacional, pero es que la con gas no me gusta. Filo, la cosa es que mientras me daban mi vuelto (pague con un billete pesao), se acercó un viejo, proleta hasta en la mirada, y pidió un café. Los tipos que atendían, clasistas, pero no de los que leen a Karl Marx, sino de los que leen a Karl Dance, lo miraron de pies a cabeza, se miraron entre ellos y le dijeron, “es de máquina, cuesta dos mil pesos”. El viejo se tardó unos segundos en reaccionar y dijo, de forma graciosa y poco sutil: “¿Y es un litro de café?” y los tipos lo quedaron mirando, sin decir nada. El viejo se fue ofuscado y los cajeros se miraron y se cagaron de la risa. Posteriormente me percaté del precio del café: Mil ciento cincuenta pesos. O sea que el gil – en el momento fue otra la palabra que usé- no quiso atender al viejo, solo por su cuerpo cansado, su jockey cochino, su acento  vulgar y su bronceado como de pollo asado, prueba de lo dura y desigual de la vida en nuestro territorio. Nuestros viejos y los viejos de nuestros viejos, curtidos por ese sol latente del campo chillanejo, quemado por la humareda del carbón y enmudecidos por el pasar del tiempo.

Pero ahí está el sacowe, riéndose, cagándose por dos lucas, detrás del mostrador, con las manos mucho más limpias y tiernas, porque la mamita le lavó la loza, pero igual de pobre que el viejo, incluso peor. Los cuicos no trabajan atendiendo a las 5 de la mañana.

Después de una que otra peripecia, llegué a la casa, mi pequeña casa del sur de Chile. Miro a mi hija y a mi compañera durmiendo. No solo enternecedoras, también a pata suelta. Busco algo que echarle a la mayonesa, y me pillo un pan. Miro el horno y ahí está, crujiente y algo en los huesos, un pollito asado de súper. Me lo zampo vorazmente y a la cama, deseando profundamente que el prejuicio se acabe, por la chucha, y el pellejo bronceado, y la pasta base y zzz…

 

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