Bullshit Jobs: Los Trabajos que No Aportan a la Sociedad Ni a Quienes los Ejercen

Para el antropólogo anarquista David Graeber, el infierno es un lugar donde un montón de personas pasan la mayor parte de su tiempo haciendo una tarea que no les gusta y en la que no son especialmente buenos.

El antiguo profesor de Yale que actualmente imparte clases en la London School of Economics, describe una relación perversa: cuanto más necesario sea tu trabajo para la sociedad, menos remuneración percibirá y exactamente lo opuesto sucede a más prescindible sea tu labor. Salvo excepciones, como en el caso de los médicos, a partir de los años ochenta existe esta marcada tendencia que se ha ido acrecentando a lo largo de los años con la proliferación de lo que el intelectual denomina “bullshit jobs”, trabajos absurdos, de mentira. Aunque no lo admitan, quienes los ejercen suelen estar conscientes de que su trabajo no sirve para nada. Un buen indicador es saber qué pasaría si dedicara la mayor parte de su jornada laboral a “mirar memes de gatitos”. Los “bullshit jobs”, tal como explicó Graeber por primera vez en 2013 en una de sus publicaciones, son aquellos que “si no existiesen, no cambiarían nada o, incluso, convertirían al mundo en un lugar mejor”.

Quien también ha sido uno de los protagonistas de las manifestaciones permanentes “Occupy Wall Street” iniciadas en 2011, resumió recientemente su texto para Linkedin, citando ejemplos reales de jóvenes profesionales que asumían destinos diferentes pese a compartir el mismo desencanto vital, una furia y resentimiento nacido de mantener un “juego de ilusiones inherentemente desmoralizador” que los empuja a “estar mal todo el tiempo, a hablar de depresión de problemas psicológicos, físicos e inmunitarios que tienen que ver con la tensión y la ansiedad de saberse inútiles”:

Uno de ellos explicaba que simplemente querían “hacer algo que mejorase la vida de los demás”, pero tarde o temprano se daban cuenta de que de ser así, “terminabas cobrando mal y tan endeudado que no podías formar ni tu propia familia”, otro de jóvenes ‘traders’ de Wall Street, le daba la razón a sus coetáneos, asumiendo que su trabajo no solo era inútil, sino que perjudicaban al resto de la sociedad, pero justificaba la aceptación de esta dinámica sosteniendo que la abandonarían “si alguien develase cómo vivir en Nueva York cobrando menos de 100.000 dólares”.

Citando cifras económicas sobre los costos y beneficios exclusivamente de las carreras profesionales, asegura que sectores como el financiero, el derecho empresarial o el márketing, toman de la sociedad más de lo que le entregan, mientras que una minoría, donde cuentan investigadores, profesores e ingenieros, la benefician.

En la economía capitalista imperante, como indica el autor, “lo último que haría una empresa sería pagar por trabajadores que no necesita” entonces ¿por qué aumentan estos trabajos improductivos de alto costo de formación y mantención? La razón estaría fijada por la política y la moral de las clases dominantes. 

Una explicación frecuente a este fenómeno es el crecimiento exponencial del consumo, sin embargo, la mayoría de los empleados en “bullshit jobs” no producen nada concreto ni servicios útiles. Graeber sostiene en cambio que para un grupo de la sociedad es útil seguir promoviendo una moral del trabajo que nos lleva a pensar que “aquellos que no desean someter la mayor parte de su tiempo a una disciplina laboral no son dignos y que el trabajo es un valor en sí”. Así, con la automatización de muchos procesos productivos ocurrida en los años sesenta y la consiguiente cantidad de trabajadores que la utilizaron para ser más eficientes y felices por contar con mucho tiempo libre en sus manos, fueron vistos como un “peligro moral”, argumento que también se esgrimió por los detractores de la renta básica.

Surgen de esta concepción trabajos para mantenernos ocupados o exclusivamente enfocados a solventar lo que ocurre porque pasamos demasiado tiempo en nuestros puestos laborales, generando una serie de mandos intermedios que el autor caracteriza como aquellos encargados de que los jefes estén impecables, que solucionan problemas generados por la competitividad y toxicidad en ambientes laborales entre personas que no tienen nada que ofrecer, los que existen porque todas las empresas tienen ese cargo y los que supervisan aquello que no requiere supervisión. 

Si bien puede parecer idílico cobrar al final del mes por no realizar trabajo alguno, la realidad es que esta situación cada vez más masiva genera una profunda frustración que impacta, como ya se dijo, en los ambientes laborales, pero también hacia otros trabajadores, particularmente hacia profesores, funcionarios de salud y cualquiera que encuentre el objetivo propio de su labor una gratificación: “A menudo, el objetivo de su furia ya no son los compañeros de trabajo, sino los trabajadores de aquellos sectores cuyos empleos sí parecen tener sentido, como suele ocurrir con los funcionarios o los trabajadores del sector servicios, víctimas habituales del populismo de derechas. Es como si les dijesen “¡pero por lo menos tú tienes un trabajo de verdad! ¿Y aun así quieres una pensión de clase media y Seguridad Social?”, ejemplifica Graeber, añadiendo que “los principales sectores que han sufrido recortes son aquellos donde se fabrican, reparan  mantienen cosas de verdad”. 

El sinsentido se toma los “bullshit jobs”, mientras que en los empleos que más se precarizan en sus condiciones materiales y en cuanto a su prestigio social, son cruciales para la sociedad, aliviando en gran parte de un malestar ínfimo comparado con lo indigno de ser consciente de que tu trabajo podría desaparecer y nadie lo echaría de menos.

 

 

Cuanto menos sentido tenga tu trabajo, más personas habrá que sufran mientras lo hacen y peor se tratarán las unas a las otras”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *