Chile, zona de sacrificio

Podemos imaginar nuestra geografía humana como un solo ser. Por simple demografía, estaría encarnado por una mujer anciana, pobre, enferma, endeudada, ignorante, deprimida, cansada y desesperanzada. Eso somos. 

Es triste el país que compartimos,  ese en el que nos convertimos a base de golpes que, lejos de hacernos resilientes, nos volvió cobardes, como declaraba a un canal de televisión una usuaria del transporte público en medio de las revueltas en la región Metropolitana.

Cargamos la culpa: Somos violentos si reaccionamos frente a la injusticia, somos populistas si buscamos el bien común, somos contradesarrollistas si priorizamos el medioambiente, antipatriotas si nos oponemos a tradiciones barbáricas, somos terroristas si no aceptamos la represión… Somos el caos, ¿pero cuál es su orden y cómo lo han construido?

El orden que nos han impuesto es el que se sostiene y alimenta de todas las carencias inoculadas por el abuso, un esquema hematófago que ha drenado no solo la fuerza laboral de muchas generaciones de trabajadores y trabajadoras, también el agua de nuestros suelos, la educación de las aulas, la salud, los sueños, la dignidad… 

¿Estamos cansados? ¡No! ¡Simplemente “somos flojos”! Ese abyecto mantra que se nos repitió para definirnos como cultura hasta que lo hemos aprendido, poniéndonos frente a un espejo distorsionado que nos enrostra nuestra falta de esfuerzo, nuestra “mala raza” y nuestra falta de ambición que nos posiciona como responsables de la miseria material y emocional que se sella junto a nuestros apellidos al momento de nacer.

Las últimas horas, sin embargo, han comprobado algo muy diferente. Hemos visto a jóvenes siendo punta de lanza, a solidarios transportistas improvisados, a redes de domicilios seguros, a regiones a lo largo del país apoyando las manifestaciones, a grupos de resistencia en las calles, difusión y registro en las plataformas digitales y hasta a autoridades locales exigiendo respeto para sus comunidades intervenidas por militares a petición del presidente de la república en marcha. 

El 90% de Chile es zona de sacrificio, la misma práctica que utilizaron religiones y sectas para rendir culto a sus dioses, un espacio de veneración que hoy ocupan los mercados. Deidades inmisericordes que permiten cifras insólitas de desigualdad, que son dolor real, que son hambre de verdad, miedo, rostros y gotas de sangre que, una a una, lograron derramar el vaso. Hemos visto el hartazgo, hoy vemos la esperanza.

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