El día después del fin del mundo: ¿Qué va a pasar cuando todo pase? Por: Carlos D. Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Foto: Los Miserables (Tom Hooper, 2012)

 

Hay dos cosas que debemos tener claras en nuestro contestador automático del E-mail. La primera es que la economía manda y eso vale para moros y cristianos. Un país, cualquiera sea, necesita crecer económicamente por una cuestión humana:  Más gente = Más ropa. La discusión en el marco del establishment neoliberal, por parte de diversos grupos es definir cómo se produce, cómo se garantizan los derechos y cómo se establecen las relaciones humanas a partir de ese desarrollo.

La segunda certeza es que el ser humano corre el peligro de extinguirse (y de seguir eliminando a muchas otras especies) si continúa depredando la naturaleza como si fuera Natur (acercándome a citar el discurso de Fidel Castro en el Brasil de 1992, si no fuera por el Natur…). Prueba de esto es que cada vez más comunidades deben bañarse con baldes porque se privilegia la exportación de paltas. Los ríos traen menos agua y las ciudades se llenan de humo tóxico peor que un cigarro boliviano de luca.

Esto es algo sobre lo que se tenía bastante nitidez antes de la llegada de marzo. La sociedad mundial estaba teniendo un debate respecto de la forma en la que queremos vivir, cómo queremos protegernos – en Chile a ese fenómeno le pusimos “estallido social”- pero nadie contaba con que de la manga del qipao comenzara a extenderse un virus que hoy amenaza con modificar de raíz las formas de relacionarnos, complejizando el debate respecto de cómo entendemos los sistemas sociales y económicos. Los más grandilocuentes aluden a un cambio de era, y hasta el más escéptico reconoce por lo bajo una inminente crisis económica que afectará durante al menos diez años a este pequeño dios que nombramos economía.

Junto con el pronóstico, el análisis y las visiones teóricas, surgen hipótesis como la de la esperanza socialista, según la que tras esta crisis veremos cómo la organización y la asociación serán principios que se revalorizarán, generándose sistemas sociales enfocados en el bienestar, en los derechos y en las instituciones del Estado. Quizás con más ventaja al revisar la historia de las depresiones, otros señalan que lo que espera a nuestras sociedades son estados mucho más autoritarios y economías mucho más monopolizadas, apartando a las personas entre sí y el fin de la globalización como un fenómeno social, marcando el inicio de la globalización como un fenómeno económico. En este escenario el más pesimista es el rey. 

Ambas perspectivas, y todas las que surjan en el camino, están mediadas por una incierta verdad: ¿Alguna vez termina esta crisis?

Los relatores del podcast uruguayo “La Tortulia”, dejan claro un mensaje al repasar la erupción del volcán Vesubio en el año 79: Siempre hay un día después del fin del mundo. Esta esperanza me hace instarlos no solo a tomar resguardos para no contagiar/contagiarse, sino que también a prepararse, porque el sistema político ha dado claras muestras de carecer de las herramientas necesarias para responder a esta crisis.

Carecemos de tecnología traducida en medicinas especializadas. No tenemos infraestructura, faltan centros de atención y un aparato estatal que acompañe ese desarrollo – las políticas públicas que tanto se nombran- y tampoco tenemos un sistema de aguante para las pequeñas empresas, porque así como muchas se están beneficiando durante esta crisis (farmacéuticas, Netflix, la industria alimentaria, etc.) otras están agonizando por la falta de ingresos y los despidos, como es el caso del turismo, los cafés, las librerías, el fútbol, los músicos y otros artistas. A esto se suma que en Chile, como en muchos países latinoamericanos, el comercio informal es una máxima. 

No hay un catastro del amplio margen de crisis social que vamos a vivir en los próximos 6 meses porque recién comienza. Y pese a ser solo el inicio, todas las crisis que estaba enfrentando el sistema económico local e internacional se han hecho patentes de forma bochornosa y nos permiten asomarnos a la próxima encrucijada: ¿Qué va a pasar cuando la gente comience a cagarse de hambre? 

Lo pregunto así porque es una pregunta muy dura. Un pueblo con hambre y con rabia es lo más peligroso que se ha visto para cualquier sistema y esta no creo que sea la excepción, porque en junio, cuando llevemos miles de muertos y cientos de miles de contagiados, cuando haya personas que lleven 2, 3, 4, 5 meses sin un ingreso, viviendo de alguna platita que deje caer el gobierno, lo más probable es que despierte la protesta.

He visto muchos mensajes en las redes bajo la consigna “cuando esto pase saldremos a las calles” y, aunque eso es algo de esperanza para lo que bautizamos como “el día después del fin del mundo”, quizá es un nivel excesivo. Tiendo a pensar que las personas que veremos en las calles no saldrán a tomárselas cuando la “pande” se acabe, sino que será durante la pande cuando comiencen a saquear y a repletar plaza Italia, porque entre morir enfermo y morir de hambre, la diferencia es mínima. 

Aquí nos encontramos frente a un Estado débil, contra militares armados, esta vez con razones válidas para disparar, si dejamos lo alentador y lo promisorio para alguna película de Mickey Mouse. Al igual que en “Los Miserables”, el pueblo solo sabe luchar por su vida y, ese cambio social, ese debate entre el autoritarismo capitalista y el socialismo emergente, se teñirá con un manto de humo y sangre antes de que las banderas blancas con azul y rojo refunden las sociedades, revisando los Estados y cambiando desde la raíz nuestra humanidad tan fracasada y decadente, tal como cuando murió el feudalismo a manos de un pueblo, de una plaga.

 

 

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Aunque nos cueste la vida borrar tu recuerdo Pinochet reculiao

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