El hijo arrepentido Por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Siempre llega la hora de partir. Algunos filósofos alemanes dicen que la vida es un poco motivada por la partida final, la muerte. Amamos, construimos iglesias, inventamos naves y medicina, para que no nos lleve la parca, pero todo se acaba, todo migra, todo se mueve. El río de hoy no es el mismo de ayer, y sí, nosotros somos diferentes todos los días. Es esta emoción, la misma que tenía Violeta Parra, cuando salió de la Silla del Sol a buscar la suerte, el pan, la emoción que vivimos muchos, porque amigos y amigas, me voy. No de la revista, seguiré escribiendo, pero esta vez desde Temuco, el último bastión del pueblo Mapuche.

No es la primera vez que parto sin boleto de regreso. La última era más joven, tenía menos que arriesgar y mucho que vivir. Temuco me recibió como una ventisca, me golpeó fuerte, me educó en lo político y lo social. Aquí aprendí sobre mis privilegios de chileno, de vivir sin miedo a que mi cara tenga rastros de perdigones. Conocí los perdigones. Supe de lacrimógenas y cucas, de lumazos y guanacos. Empecé choro -no tenía nada que perder- y quise caminar adelante de todos. Temuco fue implacable y me dejó en la cola de la marcha. Tuve que aprender de nuevo a convivir y crecí, hasta de nuevo llegar adelante, con amor y cariño.

Ahora es diferente, soy papá. Convivo con miles de fantasmas para criar una pequeña sana y libre. Estoy más grande, se nota en el sobrepeso y en la barba fea enfrentando desafíos, terminando la carrera. Es la etapa de las grandes decisiones, pero ¿cuándo no lo es? Todos los días tomamos grandes decisiones o pequeñas que van armando un camino, cruzando etapas, independiente de lo causal de nuestro universo.

Como nunca es difícil dejar Chillán. En esta última etapa, desde el año 2015, conocí a grandes personas. La vida me cruzó con desafíos que fueron construyendo mi adultez- Estas letras, que a veces se vuelven tan precisas, no serían posibles sin las horas de conversaciones, vinos y mateadas. Foros, debates y encuentros en los que tuve la suerte de participar. Chillán, para los que saben buscar, para los inquietos y busquillas, está lleno de vida y, aunque no es Barcelona en los años 90, sigue siendo un pueblo con gente maravillosa, escondido en el valle al sur de Santiago. Ciudad de paso para algunos, para otros, el norte de la brújula, la ciudad infaltable e infalible, la familia.

Esta ida no significa el cierre o desconexión con los procesos que surgen acá. Todavía tenemos que cerrar ciertas etapas y es imposible no vivir conectado. Ahora me voy, pero tendré siempre un pie, un portal interdimensional que me tendrá atado a tus calles. Lo que más echaré de menos es la tarde rojiza que inunda las calles y hace que el maldito O’ Higgins se vea cobrizo, altivo, cambiando el color de nuestras caras. La calle Rosas, profunda, urbana, los graffitis, el Persa, las casas de mis abuelas y San Fabián. Tantas cosas hermosas que están en nuestra pequeña ciudad, tantos lugares que no serán visitados, tantas horas, perdidas quizá en la nada, pero nada se pierde camaradas, todo se transforma, como tus calles y tus aromos, malditos aromos.

 

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