En la nebulosa de los liderazgos Por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

En una lejana galaxia, a millones de años luz, ahí estaba el agujero negro que comprueba gran parte del universo cinematográfico de Einstein. Allí, rodeada por la curva del pasado y el presente, habita pesado e inquieto un punto más negro que la noche, absorbiendo de a poco todo lo que ve, como el ojo de Sauron. Este hoyo negro, de alguna forma, nos pone en nuestro lugar: Pequeñas piezas de polvo en un espacio inconmensurable. Pese a esto, le da un valor agregado a las partículas, a las más pequeñas, los neutrones y electrones del núcleo de los átomos, que persisten a pesar del peso, del tiempo, de la trama. Aquí estamos las valientes partículas luchando para ganarnos el pan, temerosas del porvenir, llenas de información, paradójicamente sumidas en una coincidencia caótica, atomizadas.

Esta atomización ocurre porque una pequeña luna con forma de inmensas multinacionales, controla la gravitación en una especie de totalitarismo camaleónico, que nos da la posibilidad de todo, menos la de flotar en libertad. A veces, se yerguen pequeñas estrellas, más pequeñas que la luna, que nos atraen y nos alejan, resistiéndose al peso gravitatorio, pero eclosionando como un huevo y medio que nos destruyen o nos llevan consigo, porque terminan transformándose en pequeños agujeros negros.

Estas nebulosas que flotan con cierta armonía repetitiva a lo largo de los eones, formadas por estrellas desmembradas, permanecen suspendidas, permitiendo que su liderazgo de vieja guardia adquiera formas extrañas como esos agujeros negros y otras todavía más extremas, como aquellas que se abocan a fortalecen el dominio de las lunas y terminan convirtiéndose en anillos de perpetuidad cósmica. Estas formaciones deleznables no solo nos condenan a la órbita, también nos traicionan. Sumado, el brillo de todas las estrellas podría conducir nuestro escape, permitirnos cambiar el eje de la Tierra, pero en lugar de propender a esa unidad, se caen como aerolitos incendiados antes de tocar superficie. Y nosotros seguimos rotando para ganarnos el pan.

Entre los acuerdos y los permisos, entre las negociaciones y perturbaciones, entre todas estas nebulosas, vive la partícula, la unidad ínfima del infinito, la verdadera gema. Sigamos creyendo en ella, aunque a veces caiga atrapada en los jardines del poder, sigamos reconociéndonos, para que en el momento de escapar de este campo gravitatorio, lo hagamos todos. Para que cuando el agujero negro, pesado y complejo nos quiera absorber, no dejemos a ninguna en el camino.

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