Estallido en Chile: La violencia del modelo en territorio chilote.

Podríamos remontar el comienzo de esta historia a 1988, año en que el pueblo chileno organizado, luego de de fuertes protestas callejeras, dieran con la puerta del plebiscito para lograr salir de uno de los regímenes dictatoriales más sanguinarios de la región y el mundo. La prensa, la historia y la comunidad internacional ha llegado a comparar la dictadura de Pinochet y la derecha con otras de su estilo como las de Franco en España o incluso Hitler en Alemania.
 
El pueblo chileno se tomó las urnas un 5 de octubre con la esperanza de derrocar al dictador, pero también puso su confianza en una clase política que aparentemente decía venir a cambiar el modelo económico y hacer justicia con las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas durante este período.  
 
31 años han pasado de ese octubre histórico y la sociedad chilena ha vuelto a las calles a demandar en lo profundo, el cambio de un modelo que en lo esencial ha sido exitoso para la clase empresarial, pero que ha sumido a las personas en la tristeza y la humillación a través de prácticas como el endeudamiento, el alza del costo de la vida, la privatización de los recursos naturales como el agua, el difícil acceso a la salud y la educación privatizada.
 
Eso sumado a una clase política que, en vez de aplacar las prácticas de un sistema neoliberal nefasto para la mayoría de los votantes, se dedicaron a perfeccionar un modelo que instauraba una brecha de desigualdad única en el mundo. El 1% más adinerado de los chilenos retiene el 26,5% de la riqueza del país, contra el 2,1% que se reparte entre el 50% de los hogares chilenos.
 
Además, sin contar la debacle social que en los últimos 15 años y desde diferentes localidades se ha venido denunciando. Estudios afirman que la mayoría de los casos de violaciones a los derechos humanos ocurridos en democracia, se relacionan con la implementación y desarrollo del modelo económico neoliberal, en las diferentes localidades en donde empresas extractivistas se han instalado apartados de la capital, favorecidos por prácticas corruptas como el financiamiento de la política y una débil legislación ambiental. Común se ha hecho ya la llegada de mega empresas que a través del asistencialismo intervienen comunidades, las dividen y desde el discurso de un mal entendido “progreso” se instalan para extraer los recursos naturales de cada lugar o industrializarlos.
 
En el Sur de Chile la incipiente minería a gran escala, las forestales, el rubro energético y las salmoneras son un claro ejemplo de la instalación del sistema neoliberal en nuestras comunidades.
 
Las salmoneras por ejemplo, empresa ícono del modelo capitalista en el Sur de Chile, ha sido protagonista de grandes catástrofes humanas y ambientales. Sin ir más lejos en mayo de 2016, vertieron en el mar más de 9 mil kilos de salmón putrefacto en las costas de Chiloé, todo esto bajo la venia y autorización de las autoridades, se supone, competentes. Este hecho, recordemos, ocasionó una catástrofe social y ambiental por la contaminación y además porque la mayoría de las familias isleñas tienen en el mar una fuente importante de sustento.
 
Sin embargo, así como la actual crisis social nacional de los 30 pesos radica en el sistema dictatorial que lleva más de 30 años en vigencia, la crisis eco-social de los salmones del mayo chilote de 2016 se sustentó en los cerca de 40 años de fomento de la salmonicultura, como uno de los 4 principales ejes de exportación implementados por la dictadura de Pinochet y las posteriores administraciones democráticas. Todo ello con los privilegios que otorga el libre mercado desregulado en su versión neoliberal más despiadada, sumado al inamovible poderío de la propiedad privada arraigada en el art. 19 de la Constitución de la República de Chile de 1980.
 
El modelo neoliberal chileno implementado en territorio sureño, cuenta además con otras expresiones como lo son la pesca industrial, la extracción de leña, la explotación minera de turba y la extracción de musgo pompón. Pero una de las expresiones más novedosas y difíciles de combatir en el discurso, es la definición de Chiloé como “polo energético”.
 
Desde hace años se ha instalado el falso discurso de que “Chile necesita producir más energía”, las empresas interesadas en el negocio han levantado incluso campañas del terror poniendo a la ciudadanía como responsable de una posible crisis energética que nos podría dejar a oscuras. ¿Recuerda el comercial de Hidroaysén en donde una mujer prendía un secador de pelo y dejaba a todo un estadio sin luz?.
 
Según informes de la propia Comisión de Energía, Chile produce 5 veces más energía que la demanda nacional. Además, el capitalismo verde nos ha hecho pensar que es necesario fomentar industrias de energía limpia para atender a este fantasma de déficit energético. Por ello, es que al día de hoy se promueven 9 zonas de sacrificio energético en la Isla Grade de Chiloé solo en materia de industria eólica.
 
Las graves consecuencias de esta industria son la destrucción de turberas de altura, las cuales son importantes ecosistemas en la regulación del ciclo hídrico y el abastecimiento de agua para el verano, donde actualmente se han instalado proyectos como el Parque Eólico San Pedo en la turbera norte de Piuchén, abriendo además la posibilidad de instalación de nuevos proyectos hacia las turberas sur de la Cordillera de la Costa chilota. Otros proyectos amenazan complejos ecosistemas costeros y la forma de vida de sus habitantes, como con el caso del Parque Eólico Chiloé en Mar Brava, y los Parque Eólicos Pacífico y Cateao en Península de Lacuy; incluso se podrían establecer zonas de industrialización con los 2 nuevos proyectos eólicos proyectados en Degañ y Colonia Belbén. Todo esto, sin analizar la necesidad que justifica crear zonas de sacrificio, sobre todo cuando en la gestión e instalación de estos proyectos no se ha tomado en cuenta las prioridades sociales y ambientales del territorio, priorizando solamente el beneficio económico de estas empresas.
 
Lo anterior no son más que pequeños atisbos de lo desigual que opera el modelo de desarrollo económico, observando que en cada sitio y micrositio de nuestro territorio en el que pongamos la atención, distinguiremos diferentes formas en las que este se asienta y sume en la precarización a las comunidades. Toda esta violencia ha generado un malestar profundo y arraigado desde hace varias generaciones. La expresión del estallido social iniciado en Santiago y otras capitales, tiene un eco en Chiloé, justificado en cómo se observa la operación del modelo en el territorio, y que tiene implicancias en cómo las comunidades han reaccionado ante esta violencia del sistema, a veces con divisiones, empobrecimiento, enajenación y pérdida de identidad. 
 
La desigualdad en el acceso a la salud, la educación, la naturaleza y por ende a una vida digna, es la que genera el dolor social que hoy moviliza al pueblo de Chile que se han tomado las calles.
 
La violencia generada por décadas han atentado contra la naturaleza de quienes habitamos este territorio, debido a que nuestros espacios naturales y el cómo nos proyectamos en ellos no concuerdan con los límites impuestos a través del concepto de la propiedad privada tan defendido en el modelo económico impuesto en dictadura, así como tampoco la cultura ni el buen vivir responden a este paradigma.
 
El ambiente en el que nos desarrollamos como seres humanos se encuentra habitado por otros que arrastran consigo una historia pasada, la cual permea, moldea y determina nuestro presente. Al incursionar en los posibles orígenes del estallido social y la crisis por la que atravesamos, vemos y sentimos un reflejo del dolor cultural que arrastramos desde antiguas generaciones y se nos vuelve imposible comprender este episodio sin poder mirar hacia atrás.

Hoy nos vemos como un gran cuerpo, cuyo dolor cultural acudió a la revelación que vino con la humillación sistemática que amenazaba nuestra dignidad, y con ella, naturalmente se declaró en rebeldía.

 

Autores:
Vannessa Durán Sanzana, Bióloga Ambiental de Patagonia Rural.
Alonso Núñez Lara, Profesor, Mg. en Musicología UAH.
Chiloé, Noviembre de 2019

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