Hacia una ecología social por: JP Cifuentes Palma / foto: Andrea Ayala

En muchas ocasiones los quehaceres cotidianos nublan nuestra visión sobre problemas graves que nos aquejan como sociedad.  Desde las responsabilidades laborales hasta los momentos de esparcimiento y las incertidumbre propias del diario vivir, diversas situaciones se suman a los tiempos que corren, caracterizados por individualidades decantadas en competitividad aislada del medioambiente, ignorándolo por completo o manteniéndolo limitado a lecturas ocasionales en las páginas de un reportaje o de documental, como una pausa a la que se puede hacer oídos sordos con facilidad, para luego continuar el curso de la existencia.

Durante un largo tiempo me he planteado a qué se debe esta indiferencia frente a la protección, preservación y la educación ambiental en nuestras comunidades. Veo con preocupación cómo la base que sustenta nuestros actos está en los intereses comprometidos con el desarrollo y crecimiento meramente económico. Ni la ecología ni la cultura son relevantes en un escenario donde predomina lo estadístico.

Cuando era niño disfrutaba de las aguas del río Claro en Yumbel sintiendo temor por los grandes y profundos pozones que aparecían intermitentes el cauce en el que chapoteábamos. Hoy su agua alcanza a cubrir con dificultad los tobillos de un niño, ya que en poco más de dos décadas la hemos visto desaparecer. ¿A quién culpamos? ¿a la sequía o a las políticas irresponsables de riego y desviación de caudales?, ¿qué postal podemos ofrecer del Salto del Laja, de las Siete Tazas, de los glaciares que sucumben frente a las altas temperaturas en la Antártica?

No hacemos nada frente a esta realidad. Nuestra máxima reacción es lamentarnos y  luego seguir viviendo como si nada pasara. Si bien alguien podría preguntarse qué podemos hacer realmente contra la elusión de los empresarios frente a las normas ambientales, o a decisiones políticas absurdas como el financiamiento de monocultivos de pinos y eucaliptos como medida para cumplir con la cuota de reducción del CO2, lo cierto es que en nuestras manos, las de todos, está la urgente colaboración ciudadana.

La ecología social plantea la necesidad de construir una comunidad responsable, sustentable y participativa. Una sociedad que entienda que, desde cualquier ámbito en el que se desarrolle un ser humano, sean las artes, las letras, la ciencia, los oficios o cualquier otro, cada uno de nosotros es relevante como agente de cambio.

La forma en que nos comportamos a día de hoy nos define como personas soberbias e irresponsables. Esperamos que otros limpien nuestros desastres, que otros se preocupen del ecosistema mientras seguimos sin asumir nuestro rol a la hora de exigir cambios estructurales y de hacer propios compromisos como reducir el uso del automóvil optando por convertirnos en ciclistas, peatones o usuarios del transporte público habituales.  ¿Tanto nos cuesta llevar la basura que consumimos en nuestros picnics y no dejarla tirada en el ecosistema?

Como algunos sabrán, actualmente resido en Coihueco y, tristemente, un viaje familiar al famoso tranque me sirve para ejemplificar esta conducta. Llevando a mis invitados a este paraje sentí vergüenza. La basura se acumula bordeando el estanque, incluso a pesar de los carteles que piden mantenerlo limpio: Latas de cerveza, botellas de vidrio, condones, toallas higiénicas… Frente a estos vestigios de nuestro paso por los entornos naturales cabe preguntarse si verdaderamente es posible transitar hacia una ecología social. Afortunadamente la experiencia nos indica que sí, pero requiere esfuerzos.

Lo primero y fundamental es darnos cuenta de que los ecosistemas son nuestro patrimonio y no solo lugares para explotar, visitar y fotografiar. Es un paso posible y así lo prueba lo sucedido en Cobquecura, una comunidad que logró unirse y congregar a más personas para impedir la llegada de la industria salmonera y conservar sus costas. Podemos hacerlo.

 

Más sobre el autor: 

Escritor chileno, profesor de lenguaje y columnista en la Revista Pudú, miembro de la Asociación de Literatura de Ciencia Ficción y Fantástica Chilena (Alciff Chile) que publicó los poemarios “Dile a Jesús que tenemos hambre” (2016), “Dios castiga pero no a palos” (2016), “A oscuras grité tu nombre en el muro de Berlín” (2016), Destrucciones a las 11 AM (2018);  las novelas breves “El Ataud” (2017) y “El último que muera que apague la luz” (2017). Este año ha publicado el libro de cuentos de terror “La supervivencia del caos” / juanpix85@gmail.com

 

1 thought on “Hacia una ecología social por: JP Cifuentes Palma / foto: Andrea Ayala

  1. Una verdadera crisis ecologica, todos quiere disfrutar, pero nadie quiere cuidar. En el Valle las trancas, parte de la reserva de la biosfera y pasa lo mismo, basura por todas partes, perros sueltos por todas partes. Y no usar auto es dificil por que no hay veredas ni ciclovias. Estamos lejos de ser una comuna consciente.

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