La avenida Chico Parra Por: Carlos Candia Berrocal, El ciudadano Candia

Todas las calles llevan un nombre por algo que pasó, alguien que murió o un lugar donde viajar. La gracia es homenajear sucesos, personajes y lugares importantes, además de obviamente indicarnos donde estamos parados en la ciudad. Algo mejor que ponerle 15 Norte, 16 Sur, o 4 Oriente, método norteamericano y talquino.

Si vamos a la Avenida Brasil, sabemos que de alguna forma estamos homenajeando el país hermano, también en Argentina o Ecuador. Si recorremos Martín Ruiz de Gamboa y nos asalta la duda de quién fue ese personaje, Wikipedia o alguna otra página web nos podrá señalar sus hazañas. Incluso si no apareciera, algún vecino de la cuadra o la señora de algún negocio tendrá más de alguna historia que contarnos al respecto. En el caso de personajes más incógnitos como el “Bombero Lagos” o “Cardenal Caro” será un poco más difícil, pero nos quedamos con la impresión de que algo hicieron para tener su propia calle.

Independiente de cuanto conozcamos a estos personajes o lugares, entendemos que hacen referencia a otra cosa, tienen un remitente que puede ser un mito urbano o una noble figura,  pero en el caso de la Avenida Collín, todo cambia. ¿Quién fue/es/hizo Collín? ¿Un noble del pueblo? ¿Una antigua ciudad hundida en el mar? ¿Algún resabio  del chiquillán perdido en la memoria?

Una deformación del mapuzungún podría ser lo más sensato. Existen palabras como “kuyen”, “kuyin”, “kurin” y otras que algo se asemejan, aunque por la deformación podríamos creer que es un anglicismo y que estamos  frente a un señor Collins, hacendado del lugar que tuvo un somero encuentro con María Elsa -¡Pero no sale en la teleserie!- ¿Cómo fue este tal Collins? ¿Un hombre de negocios que llegó a la ciudad y se instalo con su ferviente fábrica de ponchos argentinos, o un capitalista del salitre que migró a tierras sureñas para buscar alguna piedra preciosa…? ¿O fue una dama? La señorita Collins, Elizabeth Collins, una antigua activista norteamericana por los derechos de la mujer que llegó a este pequeño pueblo del sur del mundo a pasar sus últimos días y sembró un montón de castañas que hoy son el atractivo de la actual avenida. ¿O será un puente quebrado que guarda alguna leyenda de la tierra media?

Me imagino el último grito de combate de un soldado dislexo que gritaba la retirada de su amado ejército español en la famosa batalla de Maipón, «¡Collín!, ¡Collín!», En vez de «¡corran!, ¡corran!», causando la extrañeza de sus tropas y  la posterior derrota de su división de infantería.

No sé si será un mito o un error ortográfico histórico (quizá le falta la «s», de «Collins», insisto), pero hay un misterio en ese nombre que no me deja tranquilo. Quienes me conocen saben que rayo la papa un poco con el tema. La persona que me hizo notar esta particularidad sobre la avenida, sabrá llevarse los créditos cuando esta columna sea publicada. Espero también que algún conocedor pueda comentar sobre la raíz del nombre. Lanzo un llamado a las autoridades: Cambiemos el nombre de la avenida o inventemos una buena historia para creernos la última chupá’ del mate (conozco a un pirata llamado Jeremías Springfield que sabe de lo que hablo).

Hay varios personajes que merecen una buena calle, no solo para ser usados en las que están cerca del cementerio, Pienso en Victor Jara, en Volodia Teitelboim y por qué no, en el famoso «Chico Parra», que trota esa enorme arteria en tan solo 15 minutos, soportando el frío, la tempestad majestuosa del invierno y la lluvia de castañas producto de la siembra irracional de una gringa loca que llegó a perderse entre las calles chillanejas., calles que nos transportan a otros lugares, otras épocas y con otros herman@s. Calles con las que dialogamos constantemente en las olvidadas tardes de domingo, en el colectivo, o irradiados por la luz de artificio que emana de nuestro certero Google Maps que nos indica nuestra ruta, el actual paradero o nuestro inminente destino mortal.

 

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Está sucia mi cámara frontal quien sabe qué hacer ¿?

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