La democratización de la música de Sesiones Rebeldes Por: Nicolás Jones Díaz / Fotos: Franco Cepeda

Escuchar música entre autos, “micros”, ruido de patrullas y bocinas irrespetuosas, pareciera ser un agrado escurridizo en una ciudad que se mueve al paso de miles de sujetos apurados. Sin embargo, aquí, alrededor de pequeños edificios de tres pisos y esquinas que, a diferencia de otras calles de Concepción, no tienen en sus formas figuras cuadriculadas, esa realidad se vuelve diferente, es Plaza Perú, escenario de decenas de músicos que pasan por ahí cada día con algún instrumento musical que le va sumando otro encanto a un lugar que, en ocasiones, se transforma en uno de los albergues culturales más importantes de la ciudad penquista.

 

El escenario perfecto para un plan perfecto

Está casi anocheciendo y Sesiones Rebeldes -nombre que le dieron a su proyecto un grupo de jóvenes motivados por el gusto a la cultura y la música- ha logrado hacer del borde de la pileta un punto de encuentro perfecto donde escuchar en vivo a las mejores bandas de la escena local que, venidas desde distintos rincones del Gran Concepción, han instalado durante cinco ediciones sus instrumentos a la corriente pública, para así, poder sacar desde sus amplificadores la selección de los mejores sonidos que se están desarrollando en “Conce” y sus alrededores. Verlo a simple vista te hace pensar que, sin duda, este proyecto puede ser a futuro uno de los rincones musicales más reconocidos de la ciudad y tal vez, ¿por qué no? Escenario preferido de quienes buscan tocar en espacios abiertos, donde la cultura se vuelve más democrática y el público no es el mismo de siempre.

 

Los Norris en Sesiones Rebeldes

 

Aquí en Plaza Perú, todos y todas son oyentes, desde el taxista que mira desde la garita telefónica a orillas de Avenida Chacabuco cómo el indeseado chofer de Uber le roba a sus pasajeros, hasta las personas que por cualquier eventualidad hacen de “La Perú” un espacio cotidiano. Se les suman el cuidador de autos, los vendedores de tabaco, los punketas con su litro y medio de Aromo blanco de mesa, los perros que andan de patiperros y también, algo de gente, que por tener que pasar por la plaza para ir a sus casas, se llevaron un par de buenos acordes de regalo.

El ambiente se transforma en algo distinto a lo cotidiano. Entre la aglomeración pueden verse diábolos, clavas y pelotas que suben y bajan constantemente, se mueven impulsadas por algunos malabaristas que a veces pierden la coordinación dejando caer de golpe sus preciados juguetes, mientras su rostro, gesticula una especie de frustración que dura sólo una fracción de segundos. Ellos se ven motivados con la música, se posicionaron al costado de la tocata, son parte del público, pero no miran a quienes tocan, los escuchan y los sienten, cuando sus manos están desocupadas y las bandas terminan sus canciones, les aplauden. Un par de golpeteo de manos y nuevamente los diábolos, las clavas y las pelotas se elevan, bajan y a veces, sin quererlo, caen.

Hay un clima cultural interesante durante Sesiones Rebeldes. Pareciera que la arquitectura del lugar ameritaba con su estilo esta especie de proyectos. Dan ganas de ver esta plaza así cada día. Se hace agradable. Es una excelente forma de democratizar el arte y hacerla para todos, hasta para esa niña que sobre los hombros de su padre observa entre decenas de jóvenes cómo las bandas invitadas presentan lo mejor de su repertorio. ¿Qué sería de ella si esos grupos hubiesen tocado en un local para mayores de 18 años? Tristemente, se lo hubiese perdido. Y así también, aquellos que por falta de dinero no pueden darse el gusto de sentarse en la mesa de un local a beber unas cervezas, acompañados de esa preciada música en vivo, que a veces se vuelve tan distante.

 

Primera edición de Sesiones Rebeldes. Registro de Río abajo

 

De nada se fue mutando

Para seguir comentando aspectos importantes de Sesiones Rebeldes, hay que saber quiénes están detrás de esto, ya que los implementos no se cargan solos y las bandas, esas tan bien escogidas bandas, no se escogen por sí solas. Nahual Blass, el “Pink” y el “Chalo”, son tres de los que, según el primero de ellos, han estado desarrollando el encuentro hace ya cinco meses, una vez al mes, los días jueves. Parecen ser parte del público mientras caminan alrededor de la tocata o se quedan cabeceando ligeramente la música detrás del escenario, pero cuando un grupo para de tocar, verás que condicionan sus movimientos para mantener todo lo necesario en orden, si al final es autogestionado, es para todos, pero por ellos. Aseguran que es fundamental la recuperación de los espacios públicos, especialmente, para eventos culturales.

Algunos audiovisualistas caminan registrando el evento, “Río abajo” me dice uno de ellos que se llaman, se ve en su rostro que no está “ni al metro” con dar su nombre personal, “somos un equipo”, dice, mientras apunta hacia la tocata con la cámara en sus manos. Hacen videos de todo, graban hasta a los “pacos” cuando llegan a “funar” el ambiente. Documentan y lo suben a las redes, quieren mostrarle a la gente lo que se está haciendo. Ellos son importantes, dejan un registro para el futuro, difunden, comunican, convencen a más personas de que esto es bueno. Incentivan a los que aún no conocen Sesiones Rebeldes de que vengan, de que la plaza es más que las peleas que muestran en los diarios o la “puñalá” que se pegan los “choros” de repente.

Quieren crecer, cuenta uno de los organizadores, Nahual. Dice que empezaron con el clásico JAM, una junta de varios músicos que se suben a improvisar y van formando algo de música, pero menciona que quedaron cortos y el tiempo de duración se les hacía poco. Mutaron la idea y llegaron a tres bandas por día, más poesía y JAM. En su quinta sesión le dieron el escenario a The Soulys, The Socks Allxpunk y a Los Norris. Distintas experiencias y diferentes trayectorias en el mismo espacio. Anteriormente ya pasaron por acá Suerte Perra, Los Moly, Bigotr3s, Yipirop, De Cantina, algún que otro poeta y “cabros” y “cabras” que aprovecharon los instrumentos e improvisaron unas buenas escalas.

De vez en cuando, llegan caminando lentamente los señores vestidos de verde, miran, se detienen, preguntan. Uno de los organizadores les convence de que no hay nada malo. Dan media vuelta y poniendo las manos tomadas sobre sus coxis, se alejan. La música continúa, se ha salvado el ambiente. Al otro lado de la calle, sin embargo, un grupo de manifestantes hace su entrada cortando la avenida y gritando consignas en favor del pueblo Mapuche, después de unos cuantos minutos, se alejan, el tránsito consigue avanzar y los señores vestidos de verde llegan en masa, pero rezagados. Ahora la cosa se puso fea, junto a la “micro”, el “guanaco” y el zorrillo caminan desorientados un piquete de Carabineros cercano a 30 integrantes. Al poco tiempo comprenden que los manifestantes se han ido y para no perder el viaje, se acercan a la tocata.

Algunos asistentes se ponen nerviosos, observan cómo un gran grupo de Carabineros, vestidos como si fueran a una guerra, caminan directamente hacia ellos, por lo que toman sus cosas y se alejan. “No se vayan cabros”, se escucha entre los rostros preocupados, “no estamos haciendo nada malo”, agrega. Quienes se habían ido, vuelven, ignorando el mal entendido. Ahora el público es más, se han unido los señores de verde, que al ver que todo está en orden, sólo proceden a quitarle la caja de Aromo blanco de litro y medio a los punketas. No encontraron a los manifestantes que llegaron gritando a favor del pueblo Mapuche, quizás tampoco vieron la bandera mapuche que alguien ha colgado en el amplificador más visible de la tocata.

 

Sesión Rebelde, jam. Registro de Río abajo.

 

Vamos por más Sesiones Rebeldes

La batería, las guitarras, el bajo, las amplificaciones, los perros, los autos, la pileta, las bicicletas amarradas a los postes o tiradas al lado de sus dueños, las personas caminando, paradas o sentadas, el local de pizza de la esquina, la biblioteca al otro extremo, los bares, los restaurantes, la “boti”, la Pinacoteca, la UdeC, los departamentos y sus ventanas, las cortinas abiertas, las cortinas cerradas, el tipo mirando desde el tercer piso, la Diagonal, el comercio, los faroles, la circunferencia de la plaza, las calles aledañas, el cielo abierto, la música, los músicos y su espectáculo los seguiremos viendo juntos en Plaza Perú, porque Sesiones Rebeldes tiene para rato.

“Queremos hacer una sesión por mes, ni más, ni menos” explica Nahual Blass, agregando que quieren implementar mejor el sector usado como escenario, “quizás más luces y algún tipo de lienzo para que se vea más atrayente”, agrega, mientras mira lo que hasta ahora tienen, un juego de luces colgado a uno de los postes traseros. Quieren cerrar el año con un festival final que incluya a todas las bandas que toquen hasta diciembre. Si todo les sale bien, posiblemente, harán un disco con una canción de cada grupo que haya participado en Sesiones Rebeldes. No ha sido tan sencillo, hasta el momento costean de sus bolsillos el traslado de los instrumentos o se consiguen alguna camioneta que los “apañe”, pero “siempre se puede”, comenta motivado.

Si bien, da tres nombres en cuanto a los organizadores, deja claro que con el tiempo se han ido sumando más personas al proyecto, por lo que va creciendo con fuerza. Tienen varios videos de sus sesiones en las redes sociales, un fanpage donde suben información sobre los eventos y cada vez va llegando más gente a disfrutar de la buena música. Están apostando por traer un repertorio variado, por lo que el rock, jazz, punk, ska u otros estilos, tienen espacio en este proyecto, la idea, según Blass, es darle espacio a la mayor cantidad de géneros posibles, aunque siempre con un filtro que asegure la calidad de quienes se presenten. ¿Quieres oir buena música? Sesiones Rebeldes, una vez al mes, en Plaza Perú, los días jueves.

 

Sesión Rebelde #2, registro de Río abajo

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