Las Bestias de la Iglesia Católica Por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Soy ateo desde que nací. Mis padres me educaron para ser consciente de mis actos y nunca me pusieron la sombra de la culpa, ni me inocularon el veneno de la iglesia. Siempre fui yo y mi maldita humanidad corriendo por esta tierra, lo que no deja de ser un tanto desolador cuando buscas respuestas a los miedos más terribles, como la muerte para un niño de 8 años, o como la oscuridad y las arañas para un adulto de 25 (esto último por culpa del famoso programa “La Ley de la Selva”. ¡Que manera de causar insomnio en la juventud, señores!.

 

Igualmente me bautizaron, igual fui y sigo yendo a la iglesia para la conmemoración de la muerte de mis abuelos y abuelas, incluso rezo, pero todo con significados diferentes. Lo cierto es que me bautizaron, en parte por la presión y también porque cuando pequeño me “ojearon” (una de esas cosas mágicas que ocurren hasta el día de hoy en el inconsciente colectivo de los latinos), en un acto quizá poco tradicional, porque no hubo tanta comilona y no fuí muy de terno que digamos. Tenía, no sé, unos 4 años.

 

También voy a la iglesia como acto de respeto y honor por mi familia, quiénes llevan esta tradición por más de 30 años, recordando a los viejos que se rompieron el lomo por nosotros: Mi abuelo paterno fue carpintero, pobre hasta los huesos, y a su sombra corrían 16 chiquillos, cada uno con inquietudes y sueños. Mi abuelo materno fue talabartero y corredor de rodeo. Era una estrella en ese sentido, originario de una cuna que pudo ser lo que no fue y termino siendo lo que era, pobres campesinos hijos del mestizaje. Sobre sus hombros se cargaron 9 retoños, pero es difícil hablar de “cargar”, cuando fueron las abuelas quienes pusieron la cuota de cordura, abnegación y cuero de chancho, en este Chillán medio Macondo y telúrico.

 

Rezo no porque sea un ateo chanta o un cobarde agnóstico que teme por los diluvios mitológicos, sino porque los golpes que me ha tocado recibir han hecho de este ser un atado de nervios y una bolsa de ansiedad a la que le cuesta ser elevada por el vient. Entonces, a veces, cuando el delirio y el sudor queman las entrañas en la penumbra, debo hablar conmigo mismo, porque no puedo concebir a ningún ser superior, ni siquiera una fuerza que pudiera reconocer como predestinación: Somos polvo arrojado al azar en un lugar que no sabemos bien dónde es. Entonces tener una charla con nosotros nos puede ayudar a poner objetivos, tender salvavidas para no hundirnos en esta vía láctea despreocupada de mi cumpleaños, de la bolsa de ansiedad o de los ateos.

 

A diferencia de mi, a lo largo y ancho del mundo existe un montón de personas que sufren del latigazo religioso, que oran y que añoran una salvación y un rey todopoderoso capaz de reconocerlos entre la multitud, pero que solo encuentran en su camino a hombres sedientos de poder, bendecidos por el machismo y la depravación, tocados por el divino destello de la avaricia, que violan, mienten, roban y maltratan a los más desposeídos, a los que juraron proteger con sus vidas. Más ateo soy cuando veo a estas bestias amargas en sus ostentosas túnicas y cuando su vejez solo nos recuerda la impunidad y la miseria de su humanidad, tan humana como cualquier otra, pero hipócrita tras la fuerza de los ingenuos que siguen agachando la cabeza y entregando su cuerpo y su alma al martirio de la cruz y la sotana.

 

No quiero hacer un llamado al ateísmo, porque creo firmemente en la libertad para pensar y sentir como gusten, pero el ser humano ya no necesita mediadores para amar y ser amado, para herir y para curar, para amar y contener. El ser humano es libre para rezar, llorar y mandarlo todo a la mierda. No los necesitas, no los necesitamos. Jesús, el hijo de Dios en la tierra, echó de patadas a los mercaderes del templo, somos nosotr@s quiénes tenemos que hacerlo mismo con las bestias de la Iglesia Católica.

 

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A las 9:30 se van a ir mi hija y su madre, con una bandera roja teñida con sangre, los cientos de miles que han sufrido la agonía de la muerte en manos de los militares, con la impunidad de los civiles. Ahí va mi pequeña de casi 2 años , porque la memoria y la justicia se escribe de a pie, caminando con quiénes han sufrido los horrores. Eso es aprendizaje significativo, enseñar los derechos humanos, enseñar a no permitir más abusos, quizá una carga enorme sobre sus pequeños hombros, pero menos pesada mientras existan miles en las calles recordando el genocidio del estado. Para mi hija siempre estarán nuestros hombros, mientras nos quede vida, nuestros cuerpos servirán para mantenerla en pie, la pregunta es, si todos estamos preparados para sostener a nuestra patria.

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