Mercury 13: Prohibido ser mujer y astronauta Foto: Netflix

En 1995, Eileen Collins se convirtió en la primera mujer estadounidense en pilotar un transbordador espacial. Previo al despegue, dedicó un saludo de admiración y respeto a 13 mujeres que fueron sus invitadas de honor para presenciar el hecho histórico. Se trataba de las integrantes de un programa aeroespacial secreto dirigido hacía más de 30 años por el médico de la NASA, Randy Lovelace.

En los albores de la década de 1960, motivado por el interés científico y el de la boyante industria despertada por la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, Lovelace decidió examinar la idoneidad de las mujeres para convertirse en astronautas sometiéndolas a las mismas pruebas con las que se encargaba de evaluar a los hombres. Más pequeñas y livianas que los candidatos, incluir a mujeres en el las misiones espaciales permitiría construir naves más pequeñas, con menor gasto de combustible y de reserva de oxígeno.

Myrtke Cagle, Jerrie Cobb, Janet Dietrich, Marion Dietrich, Wally Funk, Sarah Gorelick, Jane Hart, Jean Hixson, Rhea Hurrle, Gene Nora Stumbough, Irene Leverton, Jerri Sloan y Bernice Steadman fueron las 13 voluntarias que no solo tenían en común un brillante curriculum como pilotos de aviones comerciales y militares, compartían un espíritu aventurero que las llevó a renunciar a sus trabajos y a enemistarse con sus familias con tal de formar parte de un total de 87 pruebas, divididas en las 3 fases que las separaban del emocionante sueño de surcar el espacio.

A espaldas de la NASA, y gracias al financiamiento de la también piloto y pionera, Jacqueline Cochran, Lovelace convirtió a las aspirantes en objeto de estudio: Con mayor exhaustividad que a los hombres, se les sometió a un examen físico consistente en descargas eléctricas, inducción del vértigo a través de la aplicación de hielo en los tímpanos, enemas, endoscopías y contacto con elementos radioactivos. A estas pruebas se sumó una evaluación psicológica que incluyó la medición de su resistencia a la altitud, a la aceleración y al aislamiento sensorial. Todas, sin excepción, demostraron estar igual o más preparadas que los hombres, pero la NASA no permitiría concluir el estudio, ni siquiera sin que sus resultados fuesen vinculantes para incorporar a las candidatas en sus filas. 

La agencia espacial estadounidense descubrió el procedimiento justo antes de su etapa final, fase para la que se requería acceder a sus instalaciones en Pensacola. La cancelación definitiva fue informada a las 13 mujeres a través de un telegrama y se diluyó en el silencio hasta que parte del equipo femenino comenzó una campaña mediática que las llevó hasta Washington, les permitió entrevistarse con las autoridades, apelar para que se retomara el programa y conocer el motivo que lapidó su aspiración: Los astronautas eran héroes nacionales y no estaban dispuestos a compartir su podio de honor.

Entre otras voces, resonaron las de John Glenn y Scott Carpenter (astronautas que sí fueron incluidos en la primera misión estadounidense) quienes argumentaron que tener mujeres astronautas atentaría contra el orden social natural, posición que fue compartida sorprendentemente por la que fue benefactora del proyecto: Jacqueline Cochran. A esto se sumaron requisitos trampa imposibles de cumplir para una mujer de la época, como el contar con experiencia pilotando aviones de combate.

“Nosotras la mujeres piloto que queremos ser parte de la exploración espacial no tratamos de provocar una batalla de sexos. Solo buscamos tener, sin discriminación, un lugar en el futuro espacial de nuestro país. Como ciudadanas de este país, pedimos se nos permita, con seriedad y sinceridad, hacer historia hoy como otras mujeres lo han hecho en el pasado. Ningún país ha enviado a una mujer al espacio, les ofrecemos 13 pilotos voluntarias” (Jerrie Cobb)

El documental estrenado recientemente por Netflix, Mercury 13, dirigió la atención del público sobre este grupo de mujeres que, pese a verse en la obligación de reorientar sus carreras tras el fraude de una sociedad que no supo valorar sus capacidades ni entonces ni con el transcurso de los años, reconocen en los logros alcanzados por otras mujeres una victoria que ayudaron a construir abriendo un camino que iluminó los pasos de quienes las sucedieron. 

 

 

 

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