[Narración Breve] Los Locos de Chillán Por: María Ignacia Véjar, "Jazmín de Noviembre"

Sobre la esquizofrenia y la salud mental en Chile

Mi nombre es Lidia, así dicen mis voces. En Chillán se me conoce como la loca de las piedras. Se rumorea que tengo esquizofrenia, una enfermedad que no tengo idea por qué se produce, ni cómo funciona, ni qué tengo que hacer para sentirme bien a pesar de ella.

Comentan que no tengo familia, que mis padres murieron entre alcohol, pasta base y pobreza. Dicen que paso los días caminando descalza por la acera que cubre los suelos de esta pequeña ciudad, que no tengo rumbo y que, al caminar, hablo sola con la mirada desorbitada. 

Yo no sé si todo esto es cierto, a veces recuerdo las caras de mis padres, pero otras veces siento que no existen. Yo no siento el calor en mis pies cuando camino, pero otras veces creo que estoy caminando sobre fuego y me desespero en arrancar rápido de sus llamas. En ocasiones me muevo sin saber cuál es mi destino, solo atiendo al laberinto de mi mente y me enfoco en encontrar su salida, ignorando completamente que voy por la calle. Avanzo por inercia, habilidad que he ganado en los 15 años que llevo siendo una de las locas de Chillán. 

Yo no hablo sola, nunca he estado sola. Cuando hablo me responden distintas entidades que habitan en los confines más profundos de mi psique. A veces nos reímos juntas cuando me hacen comentarios burlescos sobre los transeúntes, indicándome que observe sus ridículos rostros y sus expresiones asqueadas mientras me miran. A veces me piden que grite, que corra en círculos o que mire fijamente a la gente que pasa por mi lado. 

Mi mirada jamás está desorbitada, mis ojos azules, que otras veces son negros, están siempre observando la órbita. A veces viajan por las estrellas luminosas y los planetas inhabitados. Los que no están orbitados son ellos, no tienen el lujo que tengo yo de poder viajar tanto voluntaria como involuntariamente a paisajes hermosos los unos, aterradores los otros. 

Tengo pensamientos recurrentes. En mis oídos escucho mi propia voz en un timbre más ronco diciéndome que debo juntar las piedras más bonitas que encuentre, que tengo que haber recolectado veinticinco piezas en un día. Mi mente cierra esa orden, presionándome a cumplirla, proyectando los paisajes que más temo: Cuartos oscuros llenos de sangre en las paredes. Imágenes que me provocan tanto miedo que, en ocasiones, he llegado a orinarme durante el ataque de las entidades de voces roncas induciéndome a viajar sin poder salir al espacio celeste, ese que a veces incluso puedo sentir en cada poro de mi piel. 

Me amenazan, me dicen que si no tengo las piedras cuando caiga la noche no me dejarán dormir, llevándome al infierno de cuartos oscuros, llenos de sangre. Salgo por las calles apurada en busca de las piedras más bonitas. Es tanto mi miedo que el hallazgo y la perfección de la apariencia de las rocas, se convierte en una obsesión. Mi boca reproduce tres repeticiones de la palabra «busca» con un intervalo de un minuto, sin excepción.

Cuando logro encontrar una piedra con una forma peculiar o un color extravagante, mi voz se agudiza y grita «¡Dios!» y un ataque de risa nerviosa me llena por dos minutos completos. Ya memorice los lugares más efectivos para mí búsqueda. Ya logre distinguir las características del suelo en que es más factible encontrar piedras bonitas. 

Por las noches duermo a la orilla de un estero, rodeada de borrachos y drogadictos. Más de una vez han llegado hasta mí con fiebre de deseo, queriendo poseerme y demostrando total seguridad en lograrlo. Mas ninguno ha podido siquiera tocarme un mechón de mis sucios cabellos enredados. No tienen idea que después de años juntando piedras, he adquirido ejemplares tan filosos como una navaja y tan pesados como un ladrillo. No tenían idea que bajo mis ojos supuestamente desorbitados y mis ropajes hediondos a abandono, existe una mujer, una mujer llena de experiencia en estas calles, una mujer que visita el infierno cada vez que no junta sus veinticinco piedras, una mujer que toca el cielo cada vez que Dios le pone una en su camino. Una mujer que entre la voces sin descanso de su cabeza, tiene una voz feroz, agresiva, que es capaz de gritarle con ira a quién quiera derrotarla, capaz de lanzar sus piedras a la cabeza de cualquiera que intente perturbarla.

No le temo a los humanos, no le temo a su maldad. Mi único y gran enemigo habita en mi. Pero gracias a ese miedo que me induce, he logrado conocer el mal y alimentarme de él para sobrevivir a la calle. A la orilla del estero no paso frío, hace ya un tiempo uno de los locos de Chillán me regaló sus frazadas al momento que decía que estaban llenas de garrapatas y que quizás a mi no me tratarían de chupar la sangre. Jamás las vi, según yo solo tenían tierra y le agradecí el gesto mientras se iba enojado tirando el resto de sus pertenencias al estero. 

Me alimento poco, muy pocas veces tengo apetito, lo hago más por costumbre. No todos los días se me ordena buscar piedras, mis días de descanso los aprovecho para pedir monedas a fuera de los centros comerciales y en las plazas. No recibo mucho. Existe un porcentaje de los ciudadanos que no me desprecia, no los ataco, ni les faltó el respeto. Los que lo hacen, es solo por prejuicios y sus estereotipos de normalidad que violo con mis ropas sucias y hediondas. 

Gasto las monedas en pan, mortadela y manzanas. No tengo vicios, por ende puedo hacer durar mi pequeña ganancia. A veces me alcanza para comprar el diario, me da gusto hacer sopas de letras y una de mis voces más amigables me reta a superar el récord de tiempo en que las completo. He llegado a tardarme solo 1 minuto. 

Antes de estar en las calles y escuchar los murmullos de la gente hablando de mi esquizofrenia, pasaba mucho tiempo estudiando. Amaba las matemáticas y me gustaba pasar mi tiempo libre resolviendo ejercicios de álgebra. Hace mucho tiempo que no tengo en mis manos una hoja de cálculos. La última vez fue un fastidio, ya que los números se empezaban a mover después de un rato y eso me hacía divagar. A veces dibujo en los espacios libres de los diarios, creo tener destreza, pero varias veces me ha pasado que algo me impulsa a destruir las hojas al revisar esos extraños dibujos. 

Ya no recuerdo en qué momento quedé sola, sé que estuve encerrada en el hospital un par de veces, mas lo único que recuerdo es estar en un estado de somnolencia y unas voces diciendo que no podían tenerme  ahí más de tres semanas, devolviéndome a la calle y sus vertiginosos pasajes llenos de piedras feas. Hoy me encuentro sentada en la Plaza de Armas, actualmente llamada Plaza de la Libertad. 

Hace un tiempo empezaron a marchar por las carencias en los sistemas públicos. Me agrada escuchar los cantos y los tambores de la gente, pero los carabineros me vuelven loca, más loca. Cuando los veo golpear, disparar sus bombas fétidas, que con suerte de Dios he logrado esquivar, me dan ganas de matarlos, así tal cual como suena. Me embriaga la ira, las imágenes calientes de mis cuartos oscuros, las llamas del suelo de las calles y las voces dentro de mí gritándome que vaya donde ellos y los muerda, les arañe la cara y los haga llorar de dolor. Ese deseo me nubla la mente un par de segundos, las voces y los tambores me devuelven la calma, el pueblo vibra distinto y eso es positivo para mi, lo es.

Hay carteles de cartón y la tinta de los plumones graba mensajes: «Salud mental digna para Chile». ¿Algún día será digna para mí? ¿En algún momento llegará alguien a tratar de callar mis voces? ¿Algún día existirá la forma de que logré dejar de ver demonios en las pastillas que torpemente he tratado de tomar sin resultado? ¿Algún día podré encontrar todas las piedras sin tener que quemarme los pies? ¿Algún día podré recordar mi historia? Estoy cansada. En Chile falta estudio, falta empatía, faltan las voces que eduquen a esta sociedad, faltan cuerdos, faltan ojos que nos miren como lo que somos, humanos abandonados, humanos que no han elegido tener imaginación desbordante, emociones extrañas, pensamientos repetitivos, voces en su cabeza y piedras en sus bolsillos. No somos los condenados por el sistema de salud mental público, somos los locos de Chillán, los que aún no sabemos cuál de todas nuestras voces… padece esquizofrenia.

 

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