Perros Chillanejos, Capítulo I: Boleta de estacionamiento Por: Carlos Candia, Michelle Contreras y César Zúñiga

Flora intestinal.

Ningún periodista egresado tiene como sueño trabajar en Chillán, no me digan lo contrario. Mis colegas, que son pocos, tienen otras razones por las cuales vivir en esta cuasi ciudad. Eso le decía a mi mamá por teléfono, mientras me fumaba un cigarro, ella iba entrando a la segunda quimio. ¿Fui cruel? Pero ella vive en Santiago, yo soy el que está perdido en este terreno baldío, obvio que uno es borracho cuando vive sin panoramas, al menos queda cerca el río, pero en invierno llueve como si desde un avión tiraran agua con un balde, y en verano lleva muy poca agua.

Entré a la oficina y me llamó el guatón Hormazábal. ¿Cómo un pedazo de caca como ese puede ser jefe periodístico de un diario? Claro, es Chillán, acá el rey es el pedazo de caca y los empleados somos las pintitas de mojón en un calzoncillo viejo, con los tirantes gastados.

-¡Juan! -me gritó y ojalá empezará así la historia, y ojalá él fuera Jameson y yo Peter, y de repente voy a tomar fotos a un laboratorio y me pica un araña y ya tu sabes. Pero no, en Chillán el laboratorio más bacán es el de la INIA, donde hacen arroz; con cuea me pica un moscardón y soy Beeman, el enano de Jackass. –“¡Juan!”- volvió a gritar y yo me paré como si me importara que me estuviera gritando, llegué a su cubículo que estaba lleno de “Cubanitos”, ¿Quién come “Cubanitos” en pleno 2019? Me dijo que había un accidente, en el zanjón que cruza avenida Los Puelches, que estaba la cagá, onda la PDI, los pacos, los diarios nacionales, las Calilas y las Mojojojos, que fuera urgente, que me llevara al Canchita y a la Fiorino. Me pasó veinte lucas para que me comprara comida o algo, pa echar bencina, porque lo más probable es que tuviera que hacer campaña ahí, porque estaba la reverenda.

Le dio un color, en 4k quedó el cuento que me contó. Esto en un diario de Santiago es pan de cada día, mientras acá en la oficina había algunos que quedaron hasta picados por el “notición” que me dieron. Yo le iba a decir que no, que estaba ocupado cubriendo la feria “Chillán y sus emprendimientos”, pero como me pasó 20 lucas, ni gil me quedaba en la oficina, además, el Canchita estaba emocionado, pero yo lo palanqueaba cada cinco minutos -“Hacer la práctica acá es pa los pollos, no vai a aprender nada.”- y él me decía -“Es que mi Tata está enfermo.”- Y yo, para mis adentros, asentía con la cabeza – “Cuánta razón, cuánta razón…”-

Llegamos a la calle y había hueveo, harta Calila, harto monigote con canal en el micrófono y los pacos dándose toda la challa del mundo. Ahí estaba el pelao Claudio con una cinta dejando pasar a los que lo entrevistan, hablando por la radio con códigos. De repente son todos profesionales y neoyorquinos, no los reyes del completo en el Todomanía.

Y pasó lo que me temía.

– El Claudio no me dejó pasar.- llegó diciendo el Canchita, amurrao con su cámara.

Obvio que no po, si ahora es el rey de las reglas, así que fui yo. -“Claudio, déjame ir a cachar qué onda por fa.”- Y el cabezón me decía que no, que no podía, que el protocolo, que la institución, y puaj, le ofrecí las 20 lucas. Se cagó de la risa un momento y luego su cara se deformo. “Oye- me dijo pa callao- el hueón de TVN me paso 60, pavo culiao”. Entonces caché que iba a estar difícil, le hable a Canchita como si fuera un subordinado.

– Búscate un lugar para tomarnos un cafecito- le dije- esta cosa va a dar para largo.

Llegamos con Canchita a una Copec, no había pronto, ni nada oficial, unas cafeterías a la vieja usanza, sucias, con especial de café más aliado, bacán por mí, porque la promo estaba a 700 pesos. Me senté en una de las sillas junto a un ventanal que da para la calle.

– A ese cabro lo mataron- dijo una de las señoras que limpiaba el piso. Ni la miré, pero mi socio enganchó; y yo, mientras dormitaba, escuchaba cuadros de la conversa entre ambos. Él le hacía preguntas y ella relataba lo que creía haber visto esa noche cuando escuchó el estruendo del auto caerse a la zanja. “Me desperté espirituá, y le dije a mi nieto Martincho, ‘párate a mirar qué diantres’ y el cauro a medio morir saltando fue a catear qué estaba pasando y en eso que sale pa la calle, pasa un tonto corriendo con una bolsa y empuja a mi cabro al suelo. – ‘Saco e bola’- le grité como pude al malandra…después nos paramos a mirar más pa la esquina y vimos el fuego, ahí llamamos a los bomberos y terminamos dando declaraciones a los policías, pero no nos pescaron ni un poco, entonces yo ni les mostré lo que se le cayó al malandra ese, porque ni tonta me voy a andar metiendo en cuestiones, cuando ni me toman en serio”

Me paré de un salto y le pregunté a la soa qué era lo que tenía, qué cosa era la prueba que tenía en las manos. Vi la noticia caer sobre mi pan con jamón y queso. Ella sacó, de una cajita de galletas, un trozo de papel. Al mirarlo quedé peinado para atrás. Era la boleta del estacionamiento de Cocharcas con Isabel Riquelme, aparecía la hora y el día en que el sospechoso se había quedado en ese lugar. Era cosa de tomar un par de fotos, encontrar alguna cámara de vigilancia y ¡Zaz! Sospechoso en la primera plana del diario y mi salto a la fama.

Tomamos todos los datos y nos fuimos al diario. Hormazábal se enojó porque volvimos temprano, pero cuando le contamos lo ocurrido dio tantas órdenes como Bielsa en la selección. Medio asfixiado, terminó y sacamos una portada dura, culpando a carabineros de negligencia y las fotos de la boleta de estacionamiento con los datos, distorsionados obviamente. En la mañana nos llamó por teléfono un oficial y el resto de la prensa. Ese fue nuestro primer momento en la boca de todos los medios del país.

 El segundo momento ocurrió en la siguiente jornada, luego de esa ola de fama, cuando Canchita fue encontrado asesinado bajo el sol del  medio día, entremedio de toda la gente del mercado.

 

Capítulo II
Capítulo III
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