Perros chillanejos, Capítulo II: 40 Minutos Por: Carlos Candia, Michelle Contreras y César Zúñiga

Flora Intestinal

 

Para todos, el trabajo dura 8 horas. ¿Para todos? Sí, para todos. Diferente, sin duda, es el caso de todas, quienes terminamos teniendo jornadas de 15 o 17 horas. Algunas madres incluso llegan a pasar 20 horas al día ocupadas en alguna labor. Existe una no despreciable distancia entre la realidad de todos y la realidad de todas. Todos, distinto de todas ¿Se entiende? Y sí, yo hago la diferencia, porque en mi trabajo esa diferencia se nota. El hecho de que, desde hace no mucho, las mujeres hayamos sido consideradas admisibles en la institución, ha generado una competencia sórdida por los puestos que hemos ganado a fuego, siempre sacrificando el máximo, siempre teniendo que demostrar algo. Demostrar que todas pueden llegar a ser como todos. ¿Ser como todos? A todos son los que veo pasar por tribunales acusados de violación, asesinato, feminicidio… He demostrado suficiente, más que suficiente y aquí me tienen, un martes a las 2 de la mañana haciendo una vigilancia en los Jardines del sur. Un dato anónimo fue la clave para esta redada.

 

– ¡Silencio! – algo se mueve. – Veo movimiento, atento RPH, un 45 en la esquina este. – Es hora. – ¡Corran, corran, corran! Equipo cuatro, salgan, ahora, ya, ya, ya.

 

Me bajo de la camioneta y corro en dirección a la casa. Un grupo de personas escapa corriendo. Le dije a Martínez que no se acercara tanto. No importa.

Entré a la casa. Un perro golden retriever amarrado de su collar por una soga anclada en la entrada, permanece echado sin siquiera mirarme. A su lado, sobre la mesa, los sujetos dejaron abandonadas varias armas, cervezas y papeles. En el cenicero, consumiéndose solo, un pito artesanal. Lo tomo, lo aspiro y recuerdo, durante un momento, mis años en la escuela. Voy por la segunda quemada cuando entra Aldunate.

 

– ¿Qué estai haciendo, Troncoso? – me dice señalando el humo de mi alrededor.

– Es marihuana – respondí seriamente. – Debe haber más por toda la casa. ¡Registren!

 

Él se mantiene como petrificado, totalmente incrédulo de mis palabras. “No escucharon” dice por la radio, mientras su mirada inquisidora me juzga sin pudor. Por eso terminamos, nunca soportó como me relaciono con la institución, ni que no compartiera su visión moral de la ley. No entendió que, para mí, este fuera un trabajo que quiero hacer bien. Sé que lo haré bien, precisamente porque confío más en mí que en la ley. Las personas como Aldunate defienden a la patria, cuidan de los más débiles y encierran a los malos; yo, en cambio, he sabido ver que las leyes cambian, que lo que fue malo un día, mañana será anécdota. Voy a hacer lo mejor con lo que tengo ahora, quizás tenga algo que demostrar. Lo haré ¿Y luego qué?

 

Pero es cierto, la escuela te quita la juventud, salimos jóvenes de la PDI y tenemos que pasar tantas pruebas que nos dejan sin respiro. A veces me dicen que veo así las cosas porque soy mujer, dicen que soy más blanda, pero no tiene que ver con eso.  Veo así las cosas porque mi viejo me enseñó, era Antropólogo, me habló sobre el comportamiento de las personas, las culturas, cómo funcionan las sociedades. Recuerdo lo mucho que le molestó que entrara a las fuerzas…

 

– ¡Tenemos a una! – me gritó Rivas, bajando del segundo piso – Está toda drogada arriba, no se puede ni parar.

 

Subí rápidamente, miramos el lugar y lo de siempre: Drogas, copete, violación, armas y miseria humana.

Finalmente llamo al equipo de recolección de pruebas, terminando así una jornada relativamente exitosa. No logramos localizar a los que arrancaron, pero con lo que encontremos en la casa basta para tener más pistas interesantes.

 

Llego a mi departamento, la Luna viene corriendo como si fueran las 2 de la tarde y me pide comida. Le hago cariño en su lomo y voy a la cocina, me fumo un cigarro y me tiro en la cama. Alcanzo a dormir 40 minutos cuando suena el celular y me llama el inspector Bañares.

 

– ¡Rebeca! – suena agitado. – te necesito en los Puelches con Inglaterra, quedó la grande.

– Pero explícame algo. – le digo media dormida.

– Escúchame bien – su tono se vuelve serio – hay un vehículo siniestrado en el zanjón, con un fallecido. Tras el accidente el auto repartió cientos de dulces y coyacs sellados por todo el lugar. Queremos saber si existe conexión entre tu redada y este hecho.

 

Mientras él hablaba, yo ya estaba en el auto rumbo al lugar, y en la mente se me quedó dando vueltas… “siniestrado”, el eufemismo hueón que usó para hablar de que un auto chocó o se volcó. Después salen los tiras hablando así en las noticias y todos se ríen de nosotros, y obvio po, si es alto chiste que la realidad aspire a caricaturizarse así, y más aún, que esos rasgos que los separan del resto les enorgullezcan mucho más, nazi total.

 

Llegué al lugar para revisar el auto. Noté un leve ruido en el maletero e intenté abrirlo. Imposible, estaba trabadísimo, pero aún sentía movimiento dentro de él. “Necesitamos a los bomberos aquí, diles que lo abran con cuidado, podría haber alguien dentro”. Quise ir a tomar declaraciones, pero los pacos ya lo habían hecho. “Nada relevante” me dijo un paco genérico, mirándome con sus ojos de perro mañoso, odiándome. Quizás por ser mujer, o por ser joven, o de la PDI.

Tardaron 20 minutos los bomberos en llegar, mientras tanto, en mi libreta de notas anotaba lo que observaba. La primera pista. Las golosinas se habían comenzado a repartir desde antes de que el auto cayera. Por las huellas del piso, zigzagueó antes de caer y por el cuerpo del conductor, no se podía concluir algún tipo de forcejeo. Segunda pista. Se notaba que venía un copiloto que arrancó. Tengo que revisar el suelo del auto y efectivamente; debajo del freno, un celular, bloqueado, pero ahí estaba, sucio y un poco roto. Esta podría ser una pista clave para esta investigación, un cabo que podía atar todos los cabos. Ahora teníamos un nombre de quien fuese (y esto teníamos que averiguar). ¿Víctima o victimario?

 

El ruido del maletero se volvía más frecuente, los bomberos hacían su mejor esfuerzo para abrirlo, mientras, la prensa comenzaba a llegar. Tuvimos que poner vallas y dar declaraciones; le dije a Aldunate que se encargara de esa parte haciéndose un poco el lindo para los medios. Él encantado, habló de crimen, sospechosos, e incertidumbre. Cosas no confirmadas, pero que le van a dar unas buenas horas a los matinales del país.

 

De pronto sonó un pequeño ruido metálico “clack” y un quejido que me pareció muy familiar. Desde el maletero, salta un hermoso golden retriever. Sí, la misma raza que encontré en la casa que allanamos, hace no más de 3 horas. En ese momento me sonreí. Sé que Rivas y Aldunate se fijaron en mi mueca de risa, que era incontrolable. Tomé la radio de Rivas y les hablé a todos por el intercomunicador.

 

– Colegas – comencé- Despejen la zona y controlen a los periodistas. Yo tomo el caso desde ahora, el perro es mi prueba.

 

Me acerqué a la cajuela, me puse los guantes y comencé a indagar, mientras la Sole tomaba las respectivas fotos. Adentro la sorpresa fue mayor, cuando me encontré un maletín de acero abierto, con moldes de esponja que parecían haber contenido una jeringa y con ello, alguna especie de medicamento, lo más probable, drogas. Me saqué los guantes, y me volteé hacia mis colegas, que se habían acercado dejándome en el medio. Todos me miraban esperando que les dijera cuál era el siguiente paso.

 

-Embalen todo. – les dije – limpien la zona, quiero todas las pruebas en mi escritorio para el medio día.

 

Fin de la jornada: 12:45 pm.

Tiempo de sueño: 40 minutos.

 

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