Perros Chillanejos, Capítulo III: Ratones o palomas Por: Carlos Candia, Michelle Contreras y César Zúñiga

Flora Intestinal

Se dice de las palomas que son ratones con alas porque transmiten terribles enfermedades que afectan al ser humano. Estas aves son una plaga que ensucia y contamina las calles y plazas a lo largo y ancho de todos los diferentes países de América Latina. Sin embargo, es reducido el número de personas a quienes les aterre o asquee estar cerca de ellas. Por el contrario, su figura ha sido catolizada como símbolo de paz, del mismísimo Saint Spirit encarnado, es más, existe un cliché recurrente en libros y películas que muestra cómo los ancianos se sientan en una banca del parque a alimentarlas con migas de pan, mientras esperan el tren de la muerte. Pero claro, nadie piensa en ir a sentarse a la plaza para alimentar ratones.

 

Similar es lo que ocurre si comparamos a los banqueros y los políticos; nadie se acerca a un banquero para gritarle “ladrón” o “corrupto”. Las personas, de hecho, tienden a confiar en los bancos, como el eminente signo del poder y del desarrollo económico, muy contrario a lo que sucede con los parlamentarios o militantes de algún partido político, los que son constantemente asediados por una suerte de odio general de la población. “¡Ladrones! – les gritan. – ¡No le trabajan un día a nadie!”. Mismo reclamo sería justo hacer a los bancos, que acaparan nuestro dinero fingiendo guardarlo mientras engordan sus bolsillos esperando nuestra oportuna muerte.

 

Esa era el discurso que tenía preparado para enfrentar a quien fuera que me diera cara en el banco. Habían repactado por octava vez mi crédito de consumo y tenía que bajar la cuota. Pero en lugar de aquella elaborada argumentación, lo que dije fue un par de titubeantes palabras que me dejaron mal. Por cuestión de suerte logré el cambio y me dirigí en cuanto pude al diario, que quedaba a un par de cuadras. Antes de llegar observé una turba inmensa comprando el diario. – “Ganó Ñublense, por fin”. Fue lo que pensé, sin embargo, los comentarios de la gente eran más y más claros a medida que me acercaba al quiosco. No había dudas, estaban hablando de mi noticia. Eran cientos los agolpados que intentaban descifrar los datos que, por no interferir en la investigación, habíamos censurado de la boleta. – “Era cosa de tiempo” pensé, y sonreí para mis adentros, pero no había mucho tiempo y tuve que seguir caminando. Iba, otra vez, tarde.

 

Llegué al diario y, tal como esperaba, afuera estaban los carabineros. Ya habíamos comprobado más de una vez que tener pistas antes que ellos les provocaba prolapsos, por lo que procuré no tropezar con ningún perro rabioso. Entonces me deslicé rápidamente por el borde de la entrada y llegué hasta mi cubículo. Inmediatamente Hormazábal me gritó, – “¡Juanito! Ven a explicarle a estos señores la historia”-. Sin mediar resistencia me acerqué y conté todo lo que sabíamos. Eché al agua al Claudio, espero lo mosqueen un poco.

 

Fue corto lo de los pacos, venían a poner la luma sobre la mesa. Una vez fuera de ese cacho, el Guatón me contó que Canchita, muy responsable que es, se fue a eso de las ocho de la mañana a buscar la pista del estacionamiento… estaba nervioso, me dijeron que parecía detective primerizo. Me senté en mi cubículo, por fin, y me dispuse a ver el matinal en el notebook para saber cómo andaba la cosa y ver como hacían crecer la noticia que publicamos.

 

Ese día el jefe pidió almuerzo para todos. Precisamente estábamos desenvolviendo nuestros sándwiches cerca de las 12 del día, cuando una llamada derrumbó la buena onda. Todavía humeante y con una cortada en la yugular, encontraron el cuerpo de 23 años de Alex Fernández, alias: Canchita, asesinado en plena vía pública, por “dos cabros chicos” que, según dijeron los testigos, escaparon hacía el terminal La Merced sin dejar rastros. Corrí al mercado inmediatamente. Cuando llegué, la PDI no estaba dejando pasar a nadie, por orden de la detective Troncoso, una mujer que se notaba cansada, soltera supuse, con 7 gatos. Los detectives cercaban con cuidado el perímetro del crimen, serían ellos mismos quienes, en conferencia de prensa, darían todos los detalles. Les mostré mi credencial, les expliqué que la víctima era mi colega y, finalmente, logré pasar, tomé un par de fotos y me fumé un cigarro, le dejé el número de teléfono del diario, por si averiguaban algún contacto familiar, y yo me escabullí para no ser interrogado. En ese momento me volví rata, una rata segura estar atrapada.

 

Al otro día el diario estuvo cerrado y publicamos la noticia de su muerte en primera plana. En realidad, Chávez publicó la noticia, yo no volví al diario, no quería tener que explicar nada, tampoco mandé fotos, seguía siendo una rata. A eso de las doce de la noche me llegó un WhatsApp del trabajo: están  velando a Canchita en su casa, al parecer su familia no era muy católica.

 

Me tomé un cóctel de pastillas para existir, me puse una chaqueta café y me lavé los dientes, todo esto mientras juntaba algo de valor para asistir al velorio, en ese momento me estaba disfrazando de paloma. Me quedé distante, mirando a las personas que llegaban, muchos compañeros de la universidad y colegas, quizás demasiados; su familia, por otra parte, era escueta.

 

Buscando el baño, terminé subiendo al segundo piso y allí encontré nada menos que la habitación de Canchita. Tenía algunos juguetes de Avengers y una Playstation 2 conectada a una tele análoga, dormía en un camarote, aunque estaba solo, su ropa estaba completamente ordenada y, sobre el escritorio, reposaba un viejo computador cubierto de stickers. En medio del bajón de las pastillas me tiré de espaldas en su cama con los ojos cerrados, pensando en cómo mierda podía sentir tan poco aprecio por el resto de personas. ¿Por qué? ¿Por qué estoy tan vacío que no puedo sentir la pena de este momento? Nada podría haberme advertido sobre lo que me explotaría en la cara nada más al abrir los ojos. Allí, a centímetros de mí: tres números de teléfono anotados sobre la tabla de la cama, oportunamente mi cuerpo había aplastado el cobertor, descubriendo así la preciada pista. Eran tres contactos los que estaban anotados: el primero, Guatón Hormazábal; luego venía Mi amor y por último el más misterioso, no estaba señalado con un nombre sino con un rústico garabato que semejaba una jeringa. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? Rápidamente tomé una foto con mi celular, esto sí me impactaba increíblemente ¿Qué era o que este joven audiovisual estaba escondiendo? Lo que sea me causó demasiadas sospechas, mi cabeza perdió por un momento su habitual frialdad y lloré. No sé bien por qué, quizás me conmovió lo difícil que puede ser su vida y ahora, su fatídica y prematura muerte, o quizás porque estaba contento de saber que no murió alguien puramente bueno, sino que un muchacho con luces y sombras, una rata disfrazada, una paloma. En eso entró su madre, viendo mis lágrimas se sentó en la cama, justo a mi lado.

 

 -Él te admiraba muchísimo- comenzó. – no le molestaba quedarse en Chillán los fines de semana si era para trabajar contigo. Muchas gracias por ayudarlo en su tesis.

 En ese momento mi llanto cesó ante la evidente mentira. Me paré con rapidez hacia la puerta y mirándola de reojo antes de salir le lancé un tan frío como sincero: “Ayudándole a sentir”.

Para desgracia mía, antes de poder escapar por completo del lugar, me trabó el paso la detective Troncoso. Aunque esquivé su mirada, eso no le importó

-Soy todo oídos Juan Pereira – sonó amenazante. – ¿Cuándo darás tu declaración?

– Mañana en el café Naty, al lado del conservatorio, al frente…

-Sí, lo conozco – me interrumpió. – pero tiene que ser ahora.

Tomó unas esposas con las que, en tres tiempos, me amarró fuertemente y me subió a su auto, pensé que íbamos a la PDI, pero terminamos en el Latino

-Tenís cerveza, tenís cigarros. Ahora cuenta. -sentenció.

 

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Capítulo II
Capítulo IV

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