Perros Chillanejos, Capítulo IV: Un cabo atado, tres sueltos Por: Carlos Candia, Michelle Contreras y César Zúñiga

Flora intestinal

¿Por qué golden retriever? Es sabido que estos perros destacan por su carácter manso y su buen humor. Yo misma recuerdo haber montado sus dorados lomos en el patio de la casa de Parral, donde vivía con mi padre. No recuerdo algún motivo en específico, pero en mi casa siempre hubo al menos uno de estos perros. Pero eso fue hace bastante tiempo, y aun entonces, los criaderos de esta raza eran más bien pocos en la región. El viejo recorría muchos kilómetros en su camioneta para traerlos desde distintas localidades. Con los años, la concientización y las leyes de protección animal, los criaderos se convirtieron en un negocio escaso y poco fructífero, reservado para aquellas razas más alejadas de la selección natural. Es por eso que el que dos perros de fenotipo tan puro estuvieran involucrados en situaciones tan extrañas, no podía ser solo casualidad.

– Aló Rebeca- la Sole me llama, supongo que para apurarme. Anoche le pedí que iniciara algunas pruebas y que se encargara de la mujer que detuvimos en Los Jardines – ¿Dónde vienes?

– En camino – confío en que ella sabe que tengo mis motivos para este atraso de 30 minutos

– Estás en tu departamento ¿cierto? – Me descubrió- perfecto, revisa La Conversación Diario de hoy, hay tremenda noticia en primera plana.

Abro el computador que solo cerré para que la Sole no escuchara la música que delataría que he tenido la espalda pegada a esta silla desde que volví de la escena del crimen. No importa llevar el trabajo a la casa si aquí solo vivimos la Luna y yo.

– ¿Un boleto de estacionamiento? – Primer plano, primera plana.

– Sí. Cómo lo encontraron antes que Carabineros o nosotras, ni idea.

– No lo encontraron ellos, la prensa llegó mucho después de que recogimos las pruebas- De eso estoy segura, ni siquiera había un puñado de civiles a la hora que barrimos el perímetro.

– ¿Entonces? – Obvio que ella también lo sabe, por qué me pregunta.

– Supongo que, de ser genuino, alguien tomó esta evidencia durante el accidente, o antes. Y de alguna manera esa información llegó a este individuo… Pereira – Imprimí rápidamente una copia de la noticia y guardé otra digital – ¿Cómo es que se guardaron tamaño pedazo de evidencia, son idiotas? Claro que no lo son. En este momento deben estar ese hueón del Hormazábal esperándome con un café y su mejor discurso de cómo la prensa es más eficiente que la policía. Un hueón que nunca en su ombliguista vida va a entender que somos dos piezas de la misma arma y que menos que jamás va a hacerse responsable de su nivel de poder.

– ¿Está todo en orden allá?

 -Sí

– Entonces pasaré directamente al diario a solicitar algunas explicaciones.

– Está bien.

– ¿Eso es todo, detective Vidaurre?

-No, Rebeca… – lo sabía – Estuve temprano con la chica de la casa allanada en Los Jardines.

-Karen Hidalgo, 23 años, huérfana, dos intentos de rehabilitación.

-Tiene los brazos hechos mierda – era rara esa expresión en ella – Igual las pantorrillas.

– ¿Por las inyecciones?

– Golpes, quemaduras, pero sobre todo inyecciones, de una sustancia claramente dañina. Tiene hematomas en cada marca de aguja. El examen toxicológico no arrojó ninguna droga testeada, pero ella reconoce que la inyectaron por meses en los que no estuvo conciente del todo.

Había estado investigando un poco sobre Karen, su historia era una píldora depresiva intragable de realidad. Escapó a los dieciséis del Hogar Teresa Toda, cuando existía. Desde entonces se había intentado rehabilitar del alcohol y la pasta base. Era claro que la habían estado prostituyendo en esa casa, extorsionada por la droga y el poco dinero para comer.

– ¿Detective Troncoso? – Sole me saca de un pequeño lapsus.

– Dile al médico que le haga todos los exámenes de laboratorio, las pruebas físicas y chequeo completo.

– ¿Quieres saber qué le hace la droga a su cuerpo?

– Si no aparece en el toxicológico debe tratarse de una droga de la que no se ha tenido registro jamás

– Entendido, eso es todo.

Soledad ha avanzado más de lo que creí, me da tiempo para darme una ducha antes de subirme al auto con la carpeta en la que reuní toda la información crucial para la primera parte de la investigación, pero esta leve sensación de control no es más que una mentira. En medio del centro veo pasar una caravana de patrullas de Carabineros con sus sirenas a todo lo que dan. Detrás de ellos, el auto de Aldunate. Anda solo parece. De alguna manera me ve detenida en el rojo y me hace un pequeño gesto para que siga su vehículo, eso o quizás solo tengo demasiadas ganas de saber qué está pasando. Llegamos al mercado y rápidamente me estaciono al lado de su auto.

–  ¡Aldunate! – le grité mientras me bajaba- ¿Qué está pasando aquí y por qué no he sido informada?

– Tampoco lo tengo claro, aún no recibo órdenes de Grez, solo decidí…

– Espera – lo interrumpo porque estamos por chocar contra un bloque de pacos que no logran ocultar un río de sangre que se escurre por entre sus pies en el suelo, aún humeante. Me acerco al suboficial más cercano, saco mi placa y aplico perso no más – Buenas tardes suboficial…- mierda, no traje los lentes – …Flores.

– Faúndez – me corrige.

– Detective Rebeca Troncoso, de la Policía de Investigaciones, necesito hacerles algunas preguntas.

– Carabineros de Chile tiene todo controlado, señorita – de nuevo el paco que se resiste, no sé por qué.

– Asegúrese de que sus hombres no toquen nada por ahora – le advierto.

– Usted no puede revisar el cuerpo sin un aviso previo.

Ya no lo estoy escuchando, me dirijo hacia la escena del crimen, mientras a lo lejos escucho al paco discutir con Aldunate, quien logra razonar con él, explicándole que “estamos” investigando una seguidilla de hechos violentos. ¿Care raja? Tal vez, pero sirvió.

Al centro del Mercado, la escena es macabra. En Chillán nadie está acostumbrado a este tipo de crímenes, un homicidio en un lugar repleto a plena luz del día. Había que creerse demasiado para perpetrar algo así. El cuerpo de un hombre joven yacía ensangrentado sobre la baldosa, con el puñal todavía ensartado en el esternocleidomastoideo. Me acerco al cadáver y tomo su morralito, saco desde el interior una billetera sumamente humilde, allí la identidad de la víctima: Alex Fernández Verdugo… me suena. Saco la noticia que imprimí antes, y ahí estaba, bajo la polémica foto de la boleta de estacionamiento, el nombre del heroico fotógrafo, autor del descubrimiento de la pista. Es él. Si había alguna posibilidad de que todo lo anterior fuera un caprichoso producto del azar, esa posibilidad está extinta ahora. Me parece ver a Pereira entre la multitud, pero no logro enfocar, debería dormir un poco.

Apenas llega el resto del equipo, corro al auto y me bajo en La Conversación. Adentro está la cagada, deben haber sabido recién de la muerte de su joven colega. Pregunto por Juan Pereira, y nadie sabe dónde está. Me instan a irme porque el diario va a cerrar por duelo. Lo entiendo, odio hacer esto, pero debo sacar mi placa.

-Policía de Investigaciones – le digo a una mujer que hasta el momento no me ha mirado – Le solicito que me lleve con el supervisor del área de prensa.

Ella hace una corta llamada y me indica la oficina a la que debo entrar. Ya sabía yo quien me iba a recibir ahí.

– Hace tiempo que no la veía, Rebeca – Me desagrada un montón este tipo.

– Lamento interrumpir el momento de duelo, pero necesito hacerle algunas preguntas urgentes. Deme información sobre su subordinado Juan Pereira – corta.

Hormazábal me mira y sonríe levemente, se gira y saca una carpeta de su repisa.

– Se fue en cuanto supimos lo de Canchita, ahora que lo pienso es bien sospechoso ¿Ah? – ¿Intenta ser gracioso o pretender que entiende el porqué de mi visita?- Para ser periodista, admito que no tengo tanta información de los que trabajan acá. Juan llegó hace tres años, viene de Santiago.

– ¿Por qué vino a vivir a Chillán?

– Parece que el smog le provocó asma… o migraña.

-Entiendo – tomo el currículo de sus manos lo más rápido que puedo y me levanto – Si no tiene ningún dato más, me voy – Obviamente no voy a explicarle nada, a estas alturas pienso que hubiese sido más beneficioso conseguir esta misma info por otro lado y evitar que Hormazábal supiera algo. Pero tengo un último recurso. – Hormazábal.. – le hablo seriamente desde la puerta – Usted me debe una – Su cara se desfiguró totalmente, ya entendió de qué hablo – Ahora usted va a mantener esto en secreto ¿Entendido?

Nadie en el diario sabe dónde vive el tal Pereira, pero no hay problema, el velorio de su difunto compañero será mañana, allí deberá estar. Mientras, vuelvo al cuartel central y en el laboratorio descubro tres nuevas pistas: El perro de la redada y el del maletero son respectivamente padre e hijo; el auto habría recibido un choque perpendicular en su parte trasera, lo que involucra a terceros; y Karen Hidalgo contrajo VIH, lo que complica determinar qué síntomas se generan por la droga.

A las 2 de la mañana del día siguiente me topo de frente con Juan Pereira cuando intentaba irse del hogar de los padres de Alex Fernández. Chillán es tan chico que con un par de WhatApps anoche me hice un pseudo perfil de la personalidad del sujeto. Puede serme de ayuda, pero no es alguien en quien deba confiar, ni de lejos. Me llamó la atención que ninguna de las personas que contacté contaba con un relato claro de lo que hacía Pereira en Santiago, ni de por qué abandonó esa ciudad. Nada en su Facebook, como si se hubiera encargado de borrar una parte de su pasado.

Lo llevo al Latinos y lo invito a una cerveza y una cajetilla de cigarros, espero que su testimonio no me salga más que esto.

– ¿Cuál es tu relación con Alex Fernández?

– Es mi colega

– Cubrieron la noticia del accidente en Los Puelches ¿verdad?

– Veo que leyó el diario – Ya se bajó la cerveza este energúmeno –

-Juan Pereira ¿Te das cuenta de lo grave que es publicar un antecedente falso de un crimen sin resolver?

– No es un antecedente falso, tiene una marca de agua. Una señora se lo dio al Canchita – Pido otra ronda de shop, esperando que algo más afloje – Tienes que entregarme el boleto, Pereira.

– Ni siquiera te conozco, esa placa podría ser falsa, no tienes contigo ni siquiera una orden de la corte o alguna de esas huevadas. Aunque quisiera, no la tengo – dice, claramente ofuscado.

– ¿Quién la tiene? – No le creo nada. Un prolongado silencio antes de su respuesta confirma que está inventando.

– Solo él, no había copia y no sé qué habrá sido del papel después de… después de que lo mataron.

– ¿Estás muy afectado por su muerte?

– Todos lo estamos.

Termino mi cerveza y me estiro un poco, no es nada de fácil este sujeto. A estas alturas solo puedo creer dos cosas: O tiene delirio de héroe y quiere resolver el caso por sí solo, o, lo que era más probable, está involucrado hasta el cuello en una serie de crímenes. Este sujeto es sospechoso, sin embargo, necesito que coopere y me guíe a más pistas sobre la relación del accidente y la muerte de su fotógrafo. Ya decidí no tratarlo como culpable, aún.

– Así que vienes de Santiago. – Se alerta en cuanto lo menciono y asiente serio – ¿Qué te trajo a nuestra humilde silla del sol?

– Aquí encontré trabajo – Sé que eso no es cierto, en general. El campo periodístico capitalino demanda muchos más trabajadores que esta ciudad que tiene dos diarios fachos. Suponiendo que algo de verdad hay en eso, quiere decir que él en particular no encontró un empleo en Santiago.

– ¿Dónde trabajabas allá?

– Nunca trabajé allá, egresé y vine a Chillán.

– ¿Por qué lo ocultas, Juan Pereira? Te conviene hablarlo ahora conmigo y no esposado en el calabozo, que es lo mínimo por dificultar la investigación escondiendo esa boleta.

– Así será entonces- dice mientras se toma de golpe la cerveza y apaga el cigarro en el cenicero. – La próxima vez venga con una orden y me veré obligado a hablar con usted – Toma su chaqueta de la silla y sale muy erguido por la puerta del local.

Me quedo en la mesa fumando, pienso que este sujeto está muy a la defensiva, realmente este interrogatorio solo fue un tanteo de terreno. En este punto, Juan Pereira puede ser una piedra en mi zapato, o un aliado valioso.

 

Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III

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