Reviste: Emprender Contra la Contaminación Textil Fotos: Joseph Martin

La industria textil es la segunda más contaminante del planeta. De ella proviene un 20% de los tóxicos que se vierten en el agua, además es responsable de incontables daños asociados a la depredación medioambiental y a la explotación laboral de niños y adultos de países empobrecidos, con una legislación débil y fuera del alcance del interés de los medios de comunicación.

El impacto de esta industria no se detiene en la fabricación de la ropa. Así lo sabe Alejandra Carvajal, enfermera de profesión que en 2014 dio los primeros pasos en el mundo del cierre del ciclo de la contaminación textil y que la motivó a levantar su emprendimiento “Reviste”,  una iniciativa integral que no solo contribuye al medioambiente, a la inclusión y a la rehabilitación, sino que también cambió su vida.

Nos recibe en su taller, similar al de una modista, con cajas llenas de retazos, patrones, cierres, botones y broches. Dos habitaciones sirven de almacén de prendas de vestir esperando ser reutilizadas como material. En el universo de color que ha construido no sin esfuerzo personal y económico, crea y confecciona bolsos, accesorios y nuevo vestuario a partir de ropa ha sido descartada de los armarios chillanejos. A través de operativos de recolección masiva, consigue nutrirse de artículos que selecciona escrupulosamente, separando los que están en óptimas condiciones para seguir siendo utilizados sin intervención, de los que pueden recuperarse mediante su labor de reciclaje. Lo que queda en su taller para trabajar sobre él después de donar y poner en venta algunas prendas en su tienda, solo bordea un promedio del 20% del total que logra reunir.

 

 

¿Por qué nos deshacemos de ropa que está en buenas condiciones?

“Tiene mucho que ver el consumismo, nos aburrimos de lo que tenemos, compramos ropa que no necesitamos, nos regalan cosas que no nos gustan o se nos pierde el ticket de cambio. También influye la calidad de la ropa, a veces nos deja de quedar bien porque se achica y no tenemos a quién regalársela, o se pone jetona con los lavados”, explica Alejandra. “Todo lo que llevo puesto, antes fue de alguien a quien ya no le servía. Primero compraba ropa para hacer mis trabajos, pero me di cuenta de que en el país tenemos un problema con la forma en que la desechamos y podemos contribuir a solucionarlo”. 

El precio que pueden fijar las grandes empresas también influye en la frecuencia de compra y renovación del vestuario. Además es un factor que a Alejandra le ha supuesto tener que aprender a valorizar sus productos considerando elementos más allá del precio de venta del mercado convencional: “Todavía me cuesta saber cuánto cobrar por lo que hago, miro un producto parecido en una importadora a un precio ridículo y pienso que yo no puedo venderlo más caro que eso. Tengo que hacer el ejercicio y darme cuenta de que lo que yo hago es un trabajo a mano, que me lleva mucho tiempo y dedicación, desde recoger la ropa, lavarla, buscar las posibilidades de cada pedazo de tela, diseñar y fabricar. Me dicen que cobre más, que es muy barato, pero me cuesta”. En efecto, en su tienda se pueden encontrar productos exclusivos desde los $2.000, mientras los más caros no superan los $50.000. Todos ellos cuidadosamente presentados y etiquetados con su marca. 

 

 

 

¿Cómo influye la industria de la moda?

“Existe una tendencia hacia la ropa desechable, porque incita a comprar más, o a renovar cada vez más rápido las colecciones para dar la sensación de que tu ropa es anticuada. Todos queremos que nuestros productos sean atractivos para la venta, pero a qué costo. Cuando me preguntan si me fijo en las tendencias para diseñar, para mi es complejo, porque sí, tienes que hacer productos que puedas vender para poder subsistir, pero existe el camino de crear algo con identidad, valorado por un público que comprende la necesidad de implementar un cambio de paradigma en la forma en que consumimos y en la huella que dejamos en el planeta. Afortunadamente cada vez es más gente y a eso estoy apuntando. Uso bastante los diseños vintage, más bien atemporales, para que sean objetos que perduren y tarden lo más posible en convertirse en basura”, señala quien además ofrece un especial servicio de posventa y garantía a sus clientes: sin importar hace cuánto compraron el artículo, si presenta algún tipo de desperfecto proveniente de la elaboración, podrá ser reparado de manera gratuita.

 

 

¿Es la “ropa americana” una altenativa sustentable para vestirnos?

“Muy en el fondo, sí, pero muy en el fondo. Lo que pasa con las “ropas americanas” o  “europeas”, es lo mismo que con la externalización de las fábricas, externalizan el problema de la contaminación textil hacia otros países. Es increíble la cantidad de ropa que vemos llegar y que van a terminar en nuestros vertederos, que quedan tiradas o que son quemadas porque no se pueden vender. Creo que debiese estar mucho más regulado por la ley de importación, ya que es un daño muy grande”. En efecto, la necesidad advertida por Alejandra, está avalada por Greenpeace, organización que detectó el filtrado de tóxicos contenidos en las telas hacia las napas subterráneas en vertederos que no están correctamente asilados, y de al menos 11 sustancias químicas peligrosas que se liberan al incinerarse, persistiendo en el medioambiente y en el organismo, asociándose a deficiencias inmunes y a la infertilidad. 

 

La perseverancia ha dado sus frutos

Quizás el primero de los logros de esta emprendedora en el mundo del reciclaje y la reutilización fue el haber encontrado un entorno donde se comprendiera su iniciativa: “Al comienzo me costó mucho, cuando vendía por Internet o le explicaba a cualquiera que era “ropa de segunda mano”, la gente pensaba que era ropa usada no más, hasta que llegué al EcoBarrio (5 de abril) donde entendieron mi concepto y ha sido un paraguas para mi. Estoy a la espera de que me entreguen la patente comercial para abrir una pequeña tienda. También voy a ferias, ya he participado en varias grandes. Hace poco estuve en las Cuecas mil de San Bernardo y en la de la Vendimia y  del día de la Madre en el frontis de la Gobernación aquí en Chillán”. 

Con el correr del tiempo ha logrado ir equipando su taller gracias a pequeños fondos de programas sociales y a su participación destacada del “Desafío Emprendedores” de Levantemos Chile y Banco Estado, además de utilizar cada instancia para adquirir conocimientos y herramientas del mundo empresarial que hasta hace poco le era ajeno. Combina esto con una formación continua en los ámbitos del reciclaje, desde el punto de vista legal hasta las posibilidades de cada material, pero sin duda, su mayor orgullo es la contribución social que ha podido hacer gracias a su iniciativa.

Además del vínculo que mantiene con diferentes comunidades vulnerables a las que dona la ropa seleccionada para vestuario y venta, este año, Alejandra logró un convenio con Gendarmería para impartir talleres a mujeres privadas de libertad, allí convive con las internas para enseñarles el oficio, encargarles tareas y hacerlas partícipes de las ganancias que recauda con la línea creada de manera conjunta con las que ya considera amigas. Todos los artículos creados bajo esta modalidad son etiquetados como “Reviste Entre Muros”, haciendo explícita la procedencia y el interés en mostrar las capacidades de las reclusas para integrarse al mundo laboral: “Me encantaría ganarme un proyecto grande para poder equipar la cárcel, hoy estamos muy limitadas y nos cuesta avanzar, pero igual lo hacemos. Como no hay máquinas suficientes para todas, les pido que corten telas según los patrones y yo después los ensamblo aquí. Quisiera también un taller grande donde pueda juntar todo, desde una sala donde se reciba y seleccione la ropa, hasta una sala de venta de nuestros productos, que se pueda visitar para conocer el proceso completo, y donde pueda tener a estas mujeres que quedan con los papeles manchados y después no pueden encontrar trabajo teniendo todas las capacidades. También integrar a los niños con limitaciones de aprendizaje con los que estoy vinculada, para trabajar en estampado, por ejemplo, eso es algo que quisiera hacer pronto. Ya tengo las ideas, pero falta tiempo y recursos”, reflexiona.

 

 

Un camino sin retorno

Si bien emprender y transformarse en una artesana del reciclaje y la reutilización, es un camino duro y a veces poco rentable, Alejandra se siente feliz y comprometida con lo que se ha convertido en un estilo de vida. Para alguien que ha visto y aprendido tanto sobre la contaminación, no resultaría fácil obviar el impacto de la industria textil o de cualquier otra. Su espíritu de enfermera permanece intacto y convive con quien es hoy. Reconoce que la disciplina, la creatividad y la organización recibida como parte de su formación, le son muy útiles en esta nueva etapa, pero es evidente que también persiste en ella y es uno de sus motores, su sensibilidad hacia el cuidado de la vida. 

Cuando cruzamos por la puerta nos advierte: “Mi taller es muy pequeño”, pero cualquier lugar sería pequeño para el tamaño de sus sueños. 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *