Septiembre, un mes de patria y dictadura por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Foto: Andrea Ayala

Escribir esta columna es difícil. Tener que condensar en simples palabras el lamento incontenible que me provocan los crímenes de la dictadura chilena es una tarea compleja, que le entrega a todos los días una carga histórica, porque eso llevamos encima quienes hemos puesto a disposición nuestra vida para la recuperación de los derechos humanos en este país, el peso de sostener la dignidad y la memoria para que no caiga en el pozo del olvido.

Nosotros, los hijos de quienes vivieron la dictadura, carecemos de memoria presencial, son los relatos, la indagación, la sangre que perdieron nuestras familias, son los libros, los tíos, las historias y los foros quiénes nos contaron la dictadura, pero nunca sentimos una bota militar en el cuello o un balazo al aire antes del anochecer, para mantener vivo el miedo, para vigilar y castigar, para reprimir… para matar.

Nosotros los que crecimos con Frei y Lagos tenemos una tarea importantísima, la de mantener  viva la memoria para que nunca más en Chile ocurran crímenes como estos. Sin embargo, hay otros que deben llevar el dolor y la angustia en los hombros, tal como Cristo cargó la cruz para morir por su pueblo. Me refiero a los familiares de detenidos desaparecidos, quienes en su vejez que se prolonga, ven el destello de la esperanza tambalear con los pasos de la historia. Muchas mujeres, hermanas y también hombres y hermanos, mueren a diario sin saber dónde están los asesinados, los mutilados, los destripados de una historia sangrienta, ruin y cruel que sigue sin cerrarse y continúa abriendo con su puñal la carne del futuro.

Hay también jóvenes viej@s, que tomaron el toro por sus astas, que perdieron su juventud, para ser adultos, guerreros y guerreras de la patria, héroes sin capa. Algunos de ellos están cansados y otros siguen gritando fuerte, altivos y esperanzados en el porvenir, porque este Chile que habitamos y que construimos a diario, no es nuestro Chile, es un casi un país, uno que baila cueca para el 18 y donde se asoman estelas de país por un lado, pero por el otro libera a los criminales de lesa humanidad. Cuando está a punto de lograr ser un país, se transforma en el humo tóxico de las zonas de sacrificio. Este país es una zona de sacrificio.

Digo “este país” porque en mi país. En ese que construimos a diario, hay derechos, hay hombres y mujeres felices, hay esperanza, hay trabajo e igualdad, hay parques y alamedas donde caminan los chilenos y los , mapuche, los haitianos, los morenos y los blancos, los González y los Tapia, todos y todas libres del abandono del estado, de la opresión y la miseria, porque el País que queremos no tiene nada que ver con el paisaje donde vivimos, este paisaje absurdo donde el dinero es la ley de la calle, donde la ruleta rusa del ascenso social se pone por sobre valores tan sencillos como el cariño y el afecto.

Ahora vienen las fiestas patrias, un día donde recordamos que podemos ser felices, pero inmediatamente después, celebramos a los mismos quienes apuntaron sus armas contra el pueblo. Compañer@s, celebremos con nuestras familias, agradezcamos pese a todo la vida. Comparta la felicidad con quién esté a su lado, pero nunca olvide el luto que reviste a Chile en este mes de septiembre, cuando empresarios y militares, apoyados por Estados Unidos, quemaron un país e instalaron uno de plástico, una patria de papel, una ciudad de paja…

 

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