Tradiciones o ataduras por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Foto: Andrea Ayala

Se van las fiestas patrias y, con esto, volteamos las banderas que nos elevaban como país y volvemos a la triste miseria de ser chilenos. Porque es duro, poh, compañero, levantarse a las 6:00 de la mañana para alcanzar a bañarse y volver a trabajar luego de una semana de reventón. ¿Qué sentido tiene volver a comer arroz luego de disfrutar las deliciosas empanadas y los dulces pajaritos que tradicionalmente nos empalagan para el 18?

Una de las cosas que más me llama la atención en esta semana de banderas de plástico, es la inagotable fuente de raíces chilenas que se intentan posicionar en la boca de las personas: El rodeo, la empanada, la cueca, la fonda… y así una enorme cantidad de tradiciones, algunas muy arraigadas en la mayoría y otras un tanto nuevas o modificadas. De todas formas, bien sabemos que muchas de estas tradiciones solo son practicadas en estas fechas, quedando olvidadas el resto del año, poniendo lo que se presume tradicional en una posición un tanto superflua, más chovinista que representativa del real quehacer del pueblo.

Algún entendido en el tema podrá decir que el problema de la tradición chilena es que está arraigada a la tradición campesina y que esto produce un desbarajuste entre la vida campesina y la vida urbana predominante en la actualidad, haciendo que las relaciones que se establecen, por ejemplo con la cueca, sean disímiles o anacrónicas, generando una cantidad enorme de incongruencias. Un ícono de ello es el mal llamado “conjunto folclórico”. Mal llamado, porque habitualmente no se trata de grupos que cultivan y honran tradiciones, sino más bien son grupos musicales dedicados a interpretar canciones, principalmente cuecas. El problema con estos grupos, es que replican una fotografía de lo que es el campo chileno y sus tradiciones, una imagen que termina volviéndose canon. Las mujeres con vestidos floreados y pañuelos blancos y los hombres con sombrero y manta, vestimentas que si bien, están inspiradas en la ruralidad del país, no le pertenecen directamente y son una representación uniforme de la diversidad campesina. Recordemos que Chile posee muchos tipos de clima, por ende diferentes tipos de ruralidad asociada.

Es muy difícil creer en el cuento de las tradiciones chilena cuando vemos este uniforme de celebraciones que, muchas veces, no tienen nada que ver con la realidad local. Sería insufrible usar esas mantas de huaso en Arica o un vestido tan airoso en Puerto Williams, donde el frío quema.

Existe además un problema diacrónico con las tradiciones de los pueblos, ya que hay una inevitable evolución en las prácticas y las formas en las que se van viviendo los procesos tradicionales que eminentemente cambia. Las viejas guardias que siguen queriendo su tradición y las nuevas uvas que buscan que está se adapte a las nuevas formas de vida y sus nuevas problemáticas.

El caso más evidente es el del rodeo, donde un grupo enorme de personas defiende este autodenominado “deporte” y pone la tradición como elemento de fuerza, mientras que otro grupo identifica esta práctica como maltrato animal, generando un conflicto no solo filosófico sobre cómo entendemos a las demás especies que habitan la tierra, sino que también enfrenta lo nuevo con lo viejo. Guardando las distancias, algo similar ha sucedido con los procesos de liberación de la mujer, por ejemplo, cuando comienza a usar pantalones, una prenda que estaba destinada exclusivamente para los varones.

Aquí es cuando entramos en una franca disputa, porque una de las principales críticas que existen hoy hacia el sistema neoliberal, dice relación con la superposición de una forma de vida por sobre las diferentes formas de cada pueblo, siendo una estrategia de resistencia el que los diversos grupos humanos de la periferia rescaten sus tradiciones para impedir el avance progresivo del sistema global, defendiendo la identidad que como pueblos han forjado. Sin embargo, la clave estaría en que no todas las prácticas libres de la evolución social están en el mismo nivel o son propicias para el cambio de paradigma.

Suena paradójico, de hecho el título de esta columna iba a ser “Paradójica tradición”, pero no es una paradoja, porque existe un estándar superior a la hora de establecer las tradiciones. Estas deben mutar en un proceso que obviamente les aportará elementos de la globalización, pero también del marco universal que regula las buenas prácticas, como son los derechos humanos y los derechos animales. Ambos principios deben sostenerse de tal forma que, cada una de las reconstrucciones que se hacen a partir de los elementos tradicionales, tienda a ser un pilar de la sociedad apocalíptica y difusa que vivimos.

En otras palabras, pronto será inevitable comer arepas con vino tinto. Lo importante es que ninguna tradición puede seguir perpetuando los mecanismos de dominación que se hacen carne desde el capitalismo y el patriarcado hacia las diferentes formas de relacionarnos. ¿No más rodeo? ¿No más conjuntos folclóricos? No lo sé, pero lo que sí sé, es que una vaca y un caballo, no pueden seguir maltratándose para el goce estético de unos pocos humanos.

 

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