Foto: Archivo15M

…Y al fin ser compañeros por: Marietta Miculetta

Algunos de los frutos que el último mes ha traído para Chile tomarán tiempo en revelarse, otros, en cambio, se han mostrado de manera inmediata, impactando principalmente sobre la forma en la que nos relacionamos los unos con los otros, porque esta suerte de hermandad forjada entre iguales nos ha puesto en la posición justa para comprender opresiones que habíamos decidido ignorar. 

En un puñado de días hemos sido testigos y vivido juntos el dolor de la vulneración de los derechos de la infancia y de los adultos mayores, la impotencia frente a los montajes y la negación de evidencias, la ira frente a indolencia, la discriminación y la impunidad… Violencias que parecían circunscritas al Wallmapu, al Sename, a los más pobres o a las víctimas de violación. Eran problemas de otros y bastaba cambiar de canal para que desaparecieran de nuestro horizonte. 

“Cuando socialmente no percibes la violencia, es porque la ejerces. Son tus propios privilegios los que te impiden verla”, afirma el filósofo Paul B. Preciado, poniendo luz sobre una cuestión difusa, desdibujada por otras múltiples opresiones estructurales que recibimos de manera directa, que nos sitúan como sujetos subalternos en un modelo que se sustenta sobre nuestra precariedad. 

“¿Privilegios, yo?” En esa extrañeza se han sustentado ideas como que por encima de la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, está la lucha de clases, o que el discurso público en búsqueda de derechos sociales no deba aplicarse necesariamente al ámbito doméstico. “En la calle son El Che, en la casa Pinochet”, resumieron en los ochenta grupos feministas para dar cuenta de las contradicciones de género al interior de los movimientos progresistas, haciendo evidente que el sistema patriarcal y heteronormativo no es monopolio de un sector ideológico.

Para quienes procuramos sostener una postura contrahegemónica, el reconocimiento de nuestros privilegios, además de obligatorio, debiese resultar un ejercicio natural, no doloroso sino liberador y desencadenante de respeto, el mismo que el feminismo exige de parte de las mujeres no racializadas, no migrantes, no indígenas, no pobres, no trans, hacia las que sí lo son. 

Cuando se ha instalado la violencia en el centro de la discusión pública y analizamos su origen, sus niveles y sus formas, es inevitable reconocer su rostro masculino, no por raíz biológica, sino por la solidificación de un tipo específico de masculinidad que la valida y valora como método para gestionar los conflictos.

Antes de argumentar que “la violencia no tiene género” o que “también hay mujeres violentas”, cabe volver a estadísticas como las del Estudio Mundial del Homicidio (UNODC), que revelan que un 95% de estos crímenes son perpetrados por hombres y que, mientras que los hombres son asesinados por alguien que ni siquiera conocen, casi la mitad de todas las mujeres víctimas son asesinadas por las personas más cercanas a ellas: Sus parejas o exparejas masculinas.

Más difícil de cuantificar son otras violencias como la simbólica, económica e incluso la sexual, amenazando con infiltrarse hasta en los espacios que compartimos en la lucha a través de la feminización de tareas como la limpieza o la toma de actas, también mediante el paternalismo, la condescendencia, la infravaloración de las opiniones de las mujeres, la monopolización de vocerías y cargos de visibilidad  por parte de los hombres activistas, o la utilización de los espacios comunes para ejercer acoso y control.

Reconocer la propia posición de privilegio es también reconocer nuestro poder. La forma en que lo utilizamos nos define como personas y nos obliga revisar qué tan naturalizada tenemos la violencia hacia el 50% de la población mundial en sus múltiples formas, desde ejercerla hasta ampararla mirando hacia otro lugar cuando se comete, pasando por el tristísimo “#notallman” para eximirnos cuando no queremos sentir culpa, igual que los Carabineros que no agreden y su necesidad de remarcarlo como si fuese un motivo por el que debiésemos sentir agradecimiento: “No todo son iguales”, “no hay que generalizar”, pero ninguno de ellos se enfrenta a la estructura que los alimenta, viste y protege incluso asegurando a través de su General Director que «a nadie voy a dar de baja, aunque me obliguen. Tienen apoyo dentro del ámbito reglamentario».

El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer nos encuentra en mitad de este despertar tan bonito y tan propicio para sentir confianza en que serán más los amigos, familiares, colegas y vecinos a los que podremos llamar “compañeros”.

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