El trigo trangénico y sus amenazas al patrimonio agroalimentario por ONG CETSUR

En estos últimos meses, las noticias de la liberación de la primera semilla de trigo transgénico (HB4) en Argentina, con la condición de que Brasil apruebe la importación del producto, nos alerta una vez más frente a qué tan segura y nutritiva puede mantenerse nuestra alimentación. Desde hace algunos años, diversas investigaciones han constatado las diferencias nutricionales entre alimentos provenientes de semillas tradicionales y aquellos de origen agroindustrial, evidenciando las progresivas deficiencias por parte de estos últimos, orientados principalmente hacia el logro de altos rendimientos en el mercado alimentario. Sumado a ello, existe claridad respecto del uso indiscriminado de agrotóxicos en la producción transgénica, generando efectos nocivos tanto al ambiente como a la salud humana.  Si pensamos que es gracias a este cereal que comemos “el pan de cada día”, resulta imposible no imaginar los impactos negativos que esto podría ocasionar para nuestra Soberanía Alimentaria, considerando que hoy Chile importa al menos el 60% del consumo anual de trigo desde este país vecino.

Los acercamientos investigativos realizados por ONG CETSUR en las regiones de Ñuble y Biobío desde el año 2018, destacan la amplia diversidad de usos culinarios y procesos que emergen en torno a las variedades tradicionales de trigo, develando una riqueza ancestral fuertemente amenazada por el modelo agrícola impulsado por la Revolución Verde, donde la liberación de semillas transgénicas sólo viene a profundizar esta erosión. “Existe un quiebre en esta memoria culinaria que tenemos dentro de nuestra región. Prácticamente la única manera en que hoy vemos al trigo incorporado en la mesa habitual es a través del pan, y si ahora se levantan propuestas que pretenden liberar la producción de trigo transgénico, es más preocupante aún”, explica Paula Mariángel, integrante del equipo de investigación. 

Escuchando los relatos que afloran alrededor de las cocinas y fogones de comunidades rurales y rur-urbanas de estas regiones, es posible reconocer al trigo como un alimento de alta relevancia culinaria y simbólica, manifestado en una diversidad de preparaciones, artesanías, faenas y celebraciones en torno a su ciclo productivo. La Maestra en Culinaria Tradicional Leslie Retamal, resalta, por ejemplo, la relevancia de sus variedades tradicionales que otrora se cultivaban en los territorios rurales de la Región del Biobío, gracias a lo cual se forjó una cultura triguera que se expresa en estas cocinas: “Tomé se forma alrededor de la producción de trigo, todos los campesinos producían trigo, y había una formación en temas de agricultura muy importante, habían muchos tipos de trigo que en ese tiempo se cultivaban, el chinchilla, el diente de perro, el rochel, el centeno, el castaño, una variedad inmensa de trigo para distintos tipos de preparaciones”

En la actualidad, las distintas variedades de trigo que han sustentado esta nutrida diversidad culinaria se encuentran en declarada extinción, producto de la incorporación de semillas híbridas, mejoradas para los requerimientos del mercado mundial. Al respecto René Montalba, Dr. en Agroecología y Desarrollo Sustentable y profesor de la Universidad de La Frontera, señala que “el proceso de modernización y la llegada de variedades altamente productivas y todas las políticas públicas que llevaron a que estas variedades también fueran incorporadas a los sistemas campesinos, hizo que se desplazaran y se perdieran las variedades adaptadas por los campesinos y pueblos originarios”. Por otra parte, a partir de su reciente trabajo enmarcado en la recuperación de semillas de trigo Mapuche, asevera quees importante la mantención y la conservación de estas variedades antiguas, porque se considera que son mucho más apropiadas para el tipo de suelo y clima en el cual están los campesinos, el tipo de manejo, que es un manejo en bajos niveles de insumos productivos y para los distintos usos culturales como los usos culinarios, ¿por qué? Porque hay variedades que pueden ser más apropiadas para distintos usos”.

La situación que hoy ocurre con el trigo bosqueja de alguna manera la encrucijada que vive la agricultura a nivel mundial. De ser un alimento que marcó la identidad de ciertos territorios, ha pasado a convertirse en uno de los cereales de mayor consumo en el planeta, manejado por un modelo agroindustrial que ha reducido su diversidad genética a algunas pocas variedades híbridas, y dentro de muy poco transgénicas, de la mano de paquetes tecnológicos altamente tóxicos. Sin embargo, familias, comunidades y organizaciones campesinas se niegan a perder este patrimonio biocultural, realizando innumerables esfuerzos por restituir el lugar de la agricultura más allá de los cánones del mercado, reconectando con los ritmos y ciclos de la naturaleza desde un diálogo de respeto y afecto hacia ella. 

Avanzar hacia una producción agroecológica libre de transgénicos es el principal desafío que hoy tenemos como humanidad, fortaleciendo nuestros sistemas alimentarios desde la base de su producción, los cuales han sido sostenidos durante generaciones por familias campesinas, propiciando instancias para la reactivación de cultivos de semillas tradicionales, y encaminándonos hacia una alimentación más soberana, sostenible y con pertinencia y memoria territorial. 

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