Match Point por: JP Cifuentes Palma

El domingo 14 de abril fue un día especial para el deporte nacional. El tenista Christian Garín se titulaba como campeón del U.S. Men’s Clay Court Championships de Houston, obteniendo así su primer trofeo de la era Tour de la  ATP y dando a nuestro país un nuevo logro tras diez áridos años luego de la brillante demostración de Fernando González en el ATP de Viña del Mar (2009).

Cada vez que veo los triunfos obtenidos en el tenis me planteo una pregunta: ¿Cuándo se comenzará a masificar este deporte entre la ciudadanía? Desde Luis Ayala, con su mítica final en dobles conquistada en Roland Garros 1959, el tenis se ha levantado como el deporte que más triunfos le ha dado al país, sumando los hitos de Hans Gildemeister en la década de 1980,  la consagración de Marcelo Ríos como número uno del mundo y el desempeño grandioso de Fernando González y Nicolás Massú, que incluyen los títulos obtenidos en Düsseldorf y las medallas olímpicas.

Todos estos logros son fruto de la dedicación de deportistas que han enaltecido nuestra bandera y nuestro deporte a lo largo de los años. Sin embargo, vivimos en un mundo en donde el fútbol es el amo y señor. A lo largo del país hay abundancia de escuelas formadoras, asociaciones amateurs, clubes profesionales, pichangas de barrio con pelotas de trapo o de papel. El auge del futbol femenino también ha contribuido a la aceptación fervorosa del balompié a nivel nacional. En esta nueva la región, por ejemplo, se sufren y se celebran los resultados de Ñublense, pero se ignoran los triunfos y el sacrificio de Tomás Barrios, tenista chillanejo de veintiún años que hoy ocupa el puesto número 321 del ranking de la ATP.

La razón de este desconocimiento es sencilla. El tenis es un deporte de élite, sinónimo de una vida solitaria, de logros y sacrificios individuales, donde solo el círculo familiar rodea el sueño de niños y niñas que desean convertirse en tenistas profesionales. Gran culpa de este destino es la falta de políticas deportivas que fomenten la presencia de áreas diversas. Por eso luego, cuando empresarios, políticos y dirigentes se suben al carro de la victoria tras los triunfos olímpicos prometiendo cambiar la realidad del tenis chileno, percibimos  sus declaraciones con una desconfianza tristemente comprobada.

Recuerdo como si fuera ayer cuando entrenaba en el club de tenis de Yumbel, con escasísimos recursos y en una multicancha. Una malla que daba bastante lástima, raquetas y pelotas de segunda mano, cobraban vida con el corazón y las energías enormes que poníamos para disfrutar de cada partido y entrenamiento, dejándonos ver que, con perseverancia, podíamos obtener resultados positivos. Aún recuerdo cuando nos invitaron desde el club de tenis de Concepción. Nos dijeron que teníamos talento, que podíamos hacer carrera dentro del circuito nacional, competir en futuros y, por qué no, soñar con llegar a un challenger. Podíamos acceder a toda esta promesa por una módica suma de dinero que cubriera la matrícula, la mensualidad, los traslados, la estadía, las giras y el equipamiento profesional. El rotundo “no” de mi familia fue doloroso en su momento, pero desde la edad adulta entiendo plenamente la necesidad de cuidar los recursos económicos dentro de un hogar de clase media baja.

Mientras que países como Argentina, Brasil y Uruguay  tiene políticas de estado relativas a la difusión y el fomento de diversos deportes, en Chile somos incapaces de tener siquiera un Court Central en óptimas condiciones. No es difícil imaginar la frustración y la dificultad de quienes practican voleybol, rugby, básquetbol, balonmano, hockey y otros deportes alejados de los focos mediático que desconocen los logros obtenidos por disciplinas distintas al fútbol. Igual de sencillo es reconocer cuán meritorios son los triunfos de los y las tenistas nacionales, comprobando con desaliento la forma en que la práctica profesional de ciertos deportes sigue siendo parte de un grupo elitista.

La culpa no es de ellos, la responsabilidad es de todos. Fomentamos una vida sana y saludable, una vida deportiva, cuando en realidad se fomenta la adicción a un solo deporte. La culpa no es del fútbol, la culpa es de no creer en el talento y las habilidades deportivas de nuestros niños y niñas.

 

Sobre el autor:

JP Cifuentes Palma es escritor, profesor de lenguaje chileno. Columnista en la Revista Pudú y autor de los poemarios “Dile a Jesús que tenemos hambre” (2016), “Dios castiga pero no a palos” (2016), “A oscuras grité tu nombre en el muro de Berlín” (2016), Destrucciones a las 11 AM (2018) y de  las novelas breves “El Ataud” (2017) y “El último que muera que apague la luz” (2017). Este año ha publicado el libro de cuentos de terror “La supervivencia del caos”. <juanpix85@gmail.com>

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