Neoliberalismo electoral: Una tradición que no cabe en el nuevo Chile por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia

Cuando hablamos de del “Nuevo Chile”, mucha gente cree que nos referimos a un cambio de mentalidad radical con el que las personas abandonan los mall y comienza a desarrollar la permacultura y el reciclaje. Sin embargo, esa reflexión es más un meme que una realidad profunda y, ya va siendo hora de saber, que los memes no son argumentos, tampoco ideas válidas que podamos transferir como opiniones personales. A veces, los mejores memes, sirven como buenas explicaciones, pero, en este caso, requiere una visión mucho más clara.

Hablar del “Nuevo Chile”, tiene más que ver con una forma de mirar lo público, una actitud frente a “lo político” y una expresión social frente a los avatares del presente. No tiene que ver con un cambio cultural radical único, “revolucionario”, sino con un cambio social complejo y de múltiples significaciones. Si bien este texto no es una pieza de teoría, hay que comprender esta diferencia como la clave que es. 

Cada vez más, las personas asumen su posición en las clases sociales, evidencian una crisis en la administración del país y reconocen que hay un problema sistémico. Esa es la gran crisis. En la calle, la gente ya no quiere AFP, ya no quiere limosnas, quiere que “su plata”, “su tiempo”, “su espacio” sea valorado, y eso genera un problema ideológico, que si bien no afecta la mirada individual de la realidad, sí expresa un cambio en la relación con el sistema neoliberal. 

Las PYMEs apuntan al gran empresariado, como responsable de su bajo crecimiento, y es el gobierno -“actual y de la concertación”- quien han beneficiado a los “más grandes”. Este discurso es algo novedoso. Antes, las pequeñas empresas eran aliadas del gran empresariado y eran nombradas por todos los gobiernos como su principal interés. 

El gran nuevo Chile, más que una nueva sociedad, implica una sociedad sin la gran venda de la retórica neoliberal, que pareciera el único discurso probable, plausible y que empoderó a todo un sistema corrupto desde la vuelta a la democracia.

En este proceso es cuando aparecen nuevas figuras con posibilidades ciertas de ganar la elección. El Partido Comunista, quizá como nunca en la historia, tiene posibilidades de ganar, mientras que el candidato más fuerte de la derecha parece un candidato de la Concertación. Pamela Jiles, por su parte, ha sabido encarnar los valores de la crisis, siendo ácida, escapando de las relaciones tradicionales electorales, donde hay bloques  estables que representan un marco teórico.

Las personas, al haber perdido esta venda, al mostrarles el mundo como la farsa que es, no quieren discursos en bloque. Todo parece una gran cocina y la política de los “no estoy ni ahí” es ahora la política de los “no te compro”. Ese cambio lo encarna perfectamente Pamela, quién usa el espectáculo, la fanfarria, para demostrarnos que ya “no hay izquierda ni derecha”, sino que hay un conglomerado de abusadores, “organizandose para robar” y es difícil contrariar ese discurso, porque efectivamente los antiguos pactos fueron una especie de banda de ladrones. 

El problema, para las organizaciones antineoliberales y los partidos extra-acuerdos, es que es complejo hacer un cambio de switch. Las organizaciones (que han tenido que aprender un modo de participar electoralmente, porque todas se han ido configurando como estructuras electorales para disputar el poder) siguen cayendo en la trampa del acuerdo neoliberal, de la reunión entre cuatro paredes, de la negociación con las fuerzas del centro, como si eso tuviera algún valor electoral. 

Cada vez tiene menos valor que te apañe la Democracia Cristiana, o ir a primarias con el PPD. Eso, en vez de ser un aseguramiento del camino, es un tatuaje feo de un practicante. ¿Pero cómo hacemos las cosas diferentes? esa es la tarea más compleja, porque tampoco las organizaciones sociales están dispuestas a trabajar de forma abierta con los partidos,  aunque sean de izquierda, antineoliberales o siempre hayan estado a favor de estos movimientos. Eso ocurre, por la tradicional instrumentalización de la que han sido víctimas o que temen. 

Además de lo anterior, si bien, existe un cambio social en la forma de entender la política, el poder sigue donde mismo, siguen las armas estando en las mismas fuerzas armadas y estas fuerzas siguen comandadas por el mismo enemigo poderoso e implacable, y eso nos pone en el dilema: Negociar con el centro para vivir o avanzar con las fuerzas del pueblo para el futuro. 

Yo me declaro un espectador, siempre participando del juego, pero sin la posibilidad de entregar respuestas, ya sea para apañar a Jadue o para construir alternativas externas al juego tradicional. Lo que sí tengo claro es que no más cocinas neoliberales. Hoy exigimos diálogos abiertos y de cara a la ciudadanía, aventuras colectivas y no personales, porque estas son las que más fuerza y mejor gobernabilidad le pueden dar a este Chile de hoy.

 

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