Para cuando se muera el presidente por: Carlos Candia Berrocal, el Ciudadano Candia | foto: Archivo

Desde las sombras de mi hogar, con un covid positivo en la mano, en cuarentena, viendo la luz del sol a través del rabillo de la ventana, sin síntomas, pero temeroso. No todos los días nos enfermamos de la enfermedad de moda -estadística- que nos tiene encerrados, angustiados y pobres. Las tarjetas reventadas -solo tenemos 2 en la casa- el sueldo arrugado esperando que se acabe el mes y poder volver a llenar la despensa. Mientras, afuera, entre calles vacías y días que se oscurecen cada vez más rápido, se derrumba por completo un gobierno.

Al presidente se la tengo jurada. Hice campaña contra él llamando a votar por lo que sea. Hasta una cabeza de chancho era mejor que su gobierno. Y perdí. Así ha sido en este duelo a muerte que tenemos ambos, él siempre un paso adelante. La vez que lo tuve más cerca, él participaba de las reuniones latifundistas y empresariales en el casino de Temuco. Afuera, yo era derrotado una y otra vez por las fuerzas policiales.

Ahora a veces me asomo a los matinales para ver cómo se destruyen argumentos que antes eran ley. Nada se movía sin que la derecha apuntará al populismo como la causa de que un grupo de “rebeldes comunistas” quisieran “todo gratis”. Entre tanto, en solo 20 años nos convertimos en Venezuela, pero no la Venezuela chavista sumida en una crisis económica, no, sino en la Venezuela del Caracazo del 27 de febrero de 1989, donde los policías no tenían empacho en disparar a los manifestantes. 

 Nuevamente, con una suerte magistral, Sebastián, te salvaste estos últimos años. Pero como ha sido tónica en tu historia, tu salvación implica la ruina de otros. Lo que te salvó fue una pandemia mundial que viajó como paquete de Aliexpress y nos tiene aquí, encerrados, con las tarjetas reventadas, viendo por el rabillo de la ventana un poco de luz. 

Usaste la pandemia, te daba aire, podías respirar ese cuerpo inquieto que quiere dejar escapar un grito volcánico. Pero como siempre pasa en esta corta espiral de historia humana, de pronto, como acto de magia, se te acaba la chequera de la suerte y comienzas a caer. No es una caída lenta, no es un descenso leve, es un costalazo, un guaracazo y ahí vives. Respiras en un ventilador mecánico, boca abajo, como los que se fueron por tu estúpido manejo.

Ahora, tras meses de miseria y temor, tras páginas completas de diarios señalándote, decides morir con el barco, imitando al heróico Arturo Prat, pero de forma mucho más pedestre, corriendo rápido a esconderte tras el horrocrux más fuerte del legado pinochetista. Hoy no se como dormirás junto a tu esposa – si es que aún duermen en la misma cama, si es que alguna vez durmieron en la misma cama- pero tus temblores se sienten como latidos entre las cacerolas, marcando el paso de tu muerte.

Y mañana aparecerán, los defensores de la democracia, porque para defender la democracia, pareciera no molestarlos su rabia bombardea. Mi rabia dialoga. Aparecerán ellos, la realeza de este país, para sostener lo que queda de patria. A ti, ya no te necesitan, pero perder el sillón sobre el que posas tu vibra, sería inaceptable. Entonces te defenderán, pero pocos, los menos, los que pueden vivir en las alturas.

Entonces, Sebastián, ¿qué hacemos? Te llevas esta democracia construida en el pecado de los pactos del silencio, te la llevas contigo a la tumba, mientras quienes hemos vivido en el basurero neoliberal nos preguntamos, ¿deberíamos sentir angustia? ¿deberíamos llorar este deceso?,¿o vamos a ir a la plaza a envolver tus estatuas con nuestras antorchas?

 

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