¿Problemas para concentrarte? ¡Prueba «The Isolator»!

Tres padres se le atribuyen a la ciencia ficción. Los escritores Julio Verne y Herbert George Wells comparten este sitial con Hugo Gernsback, autor que acuñaría el nombre del género en 1926, popularizándolo a través de “Amazing Stories”, pionera revista de la época especializada en la materia, que editó junto a otras publicaciones icónicas.

Gernsback llevó su interés y curiosidad también al terreno del diseño de inventos anticipados a su tiempo. Patentó 80 ideas originales, esbozó algunas y vislumbró otras que han envejecido con mayor o mejor suerte. Ejemplo de ello fue su previsión de la televisión de pantalla plana, los generadores de energía solar o los “teleyeglasses” (nombre construido a partir de “televisión”, “ojos” y “anteojos”) un artilugio de televisión portátil sujeta a la cabeza como si fuesen unos lentes antecesores de los Google Glasses o las gafas de realidad virtual.

Foto: Life-1963

Destino opuesto corrió su “Aislador” (“The isolator”), un artilugio que prometía favorecer la concentración de estudiantes y trabajadores gracias a una barrera física que reducía drásticamente el contacto con los estímulos externos.

“El aislador” no se trataba de un aparato de emisión de ruido blanco o de comprimidos que prometieran potenciar la agudeza mental, sino de un casco de madera maciza que cubría al usuario hasta los hombros y en cuya parte frontal se situaban dos mirillas de cristal opaco pintado de negro. Cada una contaba con una pequeña franja libre de pintura limitando el campo de visibilidad.

Los primeros prototipos generaron un pequeño inconveniente: los usuarios se adormecían dentro del casco silencioso y oscuro, muy probablemente por la deficiente ventilación ofrecida por el invento, que se suplió con la incorporación de un cilindro de oxígeno que alimentaba el artefacto a través de una manguera.

Son evidentes los motivos por los que este invento, más parecido a una tortura que a una solución, no prosperó como a Gernsback le hubiese gustado, pero lo cierto es que una carrera tan prolífica de creación con un pie en el presente y el otro en el futuro, permite que los fallos sean perdonados y que no resten valor a los grandes aportes. Así lo comprueba el lugar preponderante que ocupa entre los amantes de la ciencia ficción,  quienes incluso cambiaron el nombre del certamen anual que galardona a las mejores obras y logros del género: A contar de 1992, 25 años tras su muerte, los «Science Fiction Achievement Awards» pasaron a llamarse “Premios Hugo».

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